Jun, 2021.- He sido siempre un enamorado confeso de la ciudad que vivo, nací aquí, aprendí a caminar, a correr, a nadar, aprendí, porque aquí crecí, estudié, fue quizás culpa de esta ribera el que sea lo que soy ahora.

Crecí corriendo descalzo por mi calle, aún sin asfalto, bañándome en una playita pequeña, de agua nunca azul, o verde, o que ni siquiera parecía agua en algunas ocasiones. Fui feliz diciendo adiós a los trenes que pasaban a escasas cuadras de la mía, viendo papeles volando por el viento cuando transitaban camiones a toda velocidad por la carretera.

Aprendí de memoria la historia de cada sitio, de cada héroe que visitó mi ciudad, escuché las leyendas de mis vecinos, de sus amigos, de sus familias, aprendí a querer cada rincón, a sacar algo bueno de cada relato sobre los tiempos pasados.

Soy admirador del mar, de lo cambiante de las mareas, de los barcos que cruzan la bahía, de los pescadores que se pierden en el azul infinito para encontrar el sustento. Soy un apasionado de fotografiar chimeneas, del contraste de las fábricas con el atardecer.

Vi a mi ciudad crecer en muchos sentidos, cambiar, muchas veces para bien. Salía una semana a recorrer otros sitios y al regresar estaba distinta, algo nuevo me sorprendía a mi llegada, algo me hacía feliz de regresar, de volver a verla.

Hace tiempo mi ciudad dejó de sorprenderme, de contarme secretos nuevos, de regalarme nuevos lugares, nuevos entretenimientos. Mi ciudad dejó de crecer, de avanzar, incluso de sobrevivir en el tiempo.

Yo seguía saliendo a correr por mi calle alérgica al asfalto, a bañarme en mi playa sin color, seguí capturando chimeneas, aunque de algunas no brotaba ya el humo del progreso, seguí cazando atardeceres y tratando de descifrar secretos, cada vez más escondidos, en los lugares que todavía son mi consuelo.

Continué defendiendo mi ciudad, pintándola de bella, desafiando a cualquier foráneo a que la conociera, a que se dejara atraer por sus encantos. Tuve momentos de creer que dichos encantos solo eran vistos por mis ojos, por la mirada cariñosa que todavía le daba a sus moribundas arterias, a sus grises colores, a sus envejecidas fachadas.

Seguí enamorado de mi tierra, seguí extrañado su brisa cuando me encontraba lejos, pero volví a casa y no había sorpresas, no había ni siquiera las cosas que yo había dejado, ni siquiera las personas que me contaban sus historias.

Cada vez tenía menos vecinos, los que quedaban pensaban en irse, en buscar mejor vida, un poco más lejos, incluso pensé en hacerlo, en no mirar atrás y dejarlo todo, dejar mi calle, mi playa, dejarlas morir en paz, sola.

Pasé mucho sin salir de mi ciudad, sin ver otros lugares, sin compararla con nada, la vi más de una vez intentar levantarse, intentar sacudirse el polvo y echar a correr, pero ha pasado mucho tiempo, volver a crecer se le ha hecho difícil.

Al fin salí, empecé a verla de fuera, a escuchar noticias suyas, lloré por el desdén con que la recordaban sus hijos, por los muchos que vi abandonarla. Regresé a ella hecho pedazos, necesitando su brisa para que me inundara los pulmones.

Habían pasado solo unos días y la echaba de menos, un extraño magnetismo me mantuvo pensando, atado a ella en mis días fuera. Regresé y con ojos aguados volví a ver su nombre a la entrada, su ancla guardiana, sus chimeneas, mi playa, mi calle.

Seguía muriendo, o quizás ya lo estaba, pero en sus ojos había esperanza, pequeña, titilando como un brillito entre tanto oscuro, porque aún algunos de sus hijos volvían a casa.

Hoy que regresé, que la veo de nuevo, sigo estando triste porque el mágico lugar donde nací prácticamente no existe, pero aquí sigo, y como yo algunos.
Mientras ella muere, porque como están las cosas, lo hará, seguiremos sus hijos señalando lo bello que queda, preservando lo que nos dolería ver perdido, haciendo germinar esa chispita de esperanza que conserva bien dentro.

Quizás algún día, cuando sus hijos le den nietos, cuando seamos más los que queremos conservar y no dar por perdido, cuando el orgullo de haber nacido y ser de aquí asfalte mi calle alérgica, dibuje mi playita incolora, sople progreso en sus chimeneas, y la ayude a levantarse para que vuelva a crecer, para que vuelva a ser bella, entonces seremos aún más felices aquí, la extrañaremos más si estamos fuera, y será gigante el fuego de esperanza que brille en sus ojos.