Jun, 2021.- Irritada escucho los cuentos de conocidos sobre las irresponsabilidades que se viven a diario en el entorno laboral de muchas instituciones y empresas de Nuevitas, a pesar de que los números advierten la dispersión de la COVID-19 en el municipio.

Más de 300 casos de enero a la fecha, una tasa de incidencia superior a 190 por cada 100 mil habitantes, por encima de la media provincial de Camagüey; el reporte de seis fallecidos hasta hoy y varios eventos de transmisión que a diario suman víctimas dibujan un panorama aterrador.

Y todavía hay quienes piensan que se trata de un juego, de una simple gripe o se creen inmunes a los caprichos del SARS-CoV-2, que para colmo de males se ha vuelto más peligroso y letal en su variante sudafricana, de paseo por Nuevitas.

El manoseo constante del nasobuco y peor, el no uso de la mascarilla dentro de los límites de la oficina, son realidades que golpean la compleja situación epidemiológica del territorio.

Tal parece que los responsables de estas violaciones, penadas por el Decreto 31, se creen seguros dentro de los límites de la empresa u organismo y no advierten el peligro al que exponen a sus compañeros y a sus propias familias.

El reporte en la pasada semana de más de diez trabajadores con la enfermedad, quienes permanecían activos en sus puestos, enciende las alarmas sobre la posibilidad de la ocurrencia de un brote institucional, a los que no ha estado exento la demarcación.

A activar las pesquisas en los centros laborales y a exigir el cumplimiento estricto de las medidas higiénico-sanitarias llaman las autoridades locales por el riesgo que supone este fenómeno.

Sin embargo, ¿acaso es necesario alertar sobre algo que es responsabilidad de las administraciones en este tiempo de crisis sanitaria?

Creo que el cumplimiento de las medidas de prevención se ha relajado un poco en los centros laborales y el sentido de percepción de riesgo ha dado paso a una suerte de complacencia y confianza, pues muchos ya se han habituado a vivir la pandemia como algo lejano, cuestión únicamente de estadísticas. Solo que mañana los números podrían aportarlos ellos mismos.

Lo peor es que incluso los jefes sucumben a estas indisciplinas que ponen a todos en riesgo.

Nadie tiene el derecho de atentar contra la seguridad de los demás, así que el llamado de atención o incluso su denuncia ante la administración resultan imprescindibles.

Cuidarnos hoy, más que una necesidad personal, es una cuestión de disciplina social, porque de nuestra salud depende también la vida de los demás.