May, 2021.- El uniforme blanco, el amor a lo que se hace y la profesionalidad son referentes muy cercanos desde mi infancia. Con 17 años mi madre inició su formación profesional en una carrera que devela lo mejor del ser humano.

Entonces por vocación se aventuraba en el comprometido camino que es la enfermería, un acto de acompañamiento y cuidado que sana heridas y reconforta porque en el trato a los pacientes va también una dosis de curación, significa ella, tan importante como el tratamiento.

Así, primero como asistente, luego del técnico medio en servicios de pediatría; después de cursos de especialidad docente y por constancia, igualmente, la universidad, no con la edad promedio, era de las mayorcitas de su grupo, pero a fuerza de superación y sorteando la cotidianidad, el trabajo, una niña en edad escolar y otro hijo cursando el nivel superior se hizo licenciada con un promedio superior a quienes cuestionaban los años.

Y en el acto de graduación de las Facultades de Ciencias Médicas de todo el país, efectuado en la Tribuna Antimperialista José Martí, el 13 de agosto de 2000, estuvo mi madre, cerca del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, precisamente el día de su cumpleaños.

Cuenta como uno de sus más gratificantes recuerdos, porque Fidel mandó al personal de enfermería a las primeras filas y el revuelo de reubicarlos retrasó el inicio, pero era el reconocimiento del líder a los recién graduados en el ejercicio profesional de la enfermería, entre los cuatro mil heraldos de la salud y la vida.

Fue la primera vez que sentí orgullo, frente al televisor esperaba verla entre la nube de batas blancas, ilusa aspiración a mis nueve años y aunque la cámara no encontró su rostro la sabía presente, con el sueño logrado y los desvelos válidos.

Recuerdos tengo muchos, de cuando trabajó en la Clínica de Retinosis Pigmentaria de Las Tunas y el vínculo con los pacientes por períodos sistemáticos de estadía para recibir ozonoterapia convertidos en familia, la mano que les ayudaba de noche cuando las sombras limitaban aún más su campo visual, la relación con sus compañeros, amigos aún.

A la mente llega aquel primero de tantos mayos cuando fruto de sus habilidades de costurera desfilé con ella vestida de completo uniforme, medias pantis, zapatos, cofia, motivo de curiosidad y elogio.

O mi obligada presencia en sus guardias cuando no tenía con quien dejarme en casa y allí, desde un lugarcito cómodo para descansar, la veía a deshoras velando por sus pacientes, entonces no entendía que era parte consciente de su labor.

Con la COVID-19 el protocolo sanitario es una frase conocida para mí, ella siempre habla de la relevancia de cumplir estrictamente procederes, el seguimiento a la evolución del paciente y la ética, eso dice mucho de un profesional.

Mi mamá es enfermera todavía, aunque ya no lo ejerza, el conocimiento -alude- queda para toda la vida y en casa todavía llegan para consultarle porque ella, por experiencia y conocimiento, acumula certezas en tratamientos y diagnósticos.

Mi enfermera no sabe que solo bajo su cuidado me siento segura, desde pequeña sólo sus inyecciones, mi tranquilidad.

Ella, la que ninguna vena le hace resistencia, la que paran en la calle en gesto de agradecimiento por sus atenciones en las salas de pediatría y gestante celebra su día, el de todas las enfermeras y enfermeros que, como mi madre, acarician el alma para sanar el cuerpo.