Retrato del Mayor General del Ejército Libertador Ignacio Agramonte y Loynaz, expuesto en su casa natal en Camagüey. May, 2021.- Desde pequeña aprendí a reconocerlo y a admirarlo. Aquel hombre fuerte, de mirada penetrante y traje militar se distinguía en las lecciones de Historia. Al profundizar en su trayectoria comprendí entonces el por qué del epíteto que con tanta certeza le atribuyera José Martí: un diamante con alma de beso.

Él, el Agramonte que salvó el alzamiento revolucionario de los camagüeyanos en Minas; El Mayor que en un acto de extrema bravura rescató al amigo de las garras del enemigo; el eterno enamorado de su Amalia.

Él es Ignacio Agramonte Loynaz, el hijo de una tierra que hoy se honra en llevar su apellido como gentilicio. Nació y murió en su Camagüey y le entregó su espíritu.

Hoy lo recuerdo más que nunca. Hace 148 años la muerte decidió tomarlo en sus brazos y le arrebató así a la guerra de los cubanos uno de los jefes mambises más ejemplares.

Bien lo decía el Apóstol de la independencia nacional en su magistral artículo titulado “Céspedes y Agramonte”: “El extraño puede escribir estos nombres sin temblar, o el pedante, o el ambicioso: el buen cubano, no”.

Y es que hablar de Ignacio Agramonte es recordar toda una historia de sacrificios y valentía, una vida de verdadero amor a la Patria.

Amalia Simoni e Ignacio Agramonte.Reunía en su alma las mejores cualidades del hombre, era de palabra firme y convicción profunda; amante inigualable de sus dos novias, Amalia Simoni y Cuba; entrañable amigo y magistral en sus dos profesiones, la que le otorgó el título de abogado y la que le surgía del corazón acongojado por el sufrimiento de su Isla, la de militar.

Cuando escucho hablar de los grandes héroes siempre destaca su nombre, porque su obra quedó plasmada no solo en la Constitución de Guáimaro, de la que fue redactor, sino también en las tradiciones patrióticas que aprende cada generación de cubanos y en el arrojo que le legó a los camagüeyanos, descendientes de su épica caballería.

Sus destrezas militares nunca opacaron el espíritu de niño amoroso y delicado. El Maestro lo afirmó y descubrió en la figura de hombre de guerra su verdadera esencia: “Era como si por donde los hombres tienen corazón tuviera él estrella. Su luz era así, como la que dan los astros”.

La muerte decidió arrancárselo a Cuba muy joven, solo tenía 31 años y toda una vida por delante para luchar por su Patria. Pero lo que la Parca se niega a aceptar es que los hijos de esta isla caribeña no olvidan, la muerte es solo una justificación más para honrar a los héroes, que por siempre vivirán en el corazón de los cubanos.