Abr, 2021.- Nací en el seno de una familia partidista, crecí escuchando las historias de orgullo en la voz de mis padres de lo que significaba pertenecer a esa vanguardia política del país.

Mi infancia transcurrió entre la felicidad de una familia unida y los recuerdos de mis abuelos, alfabetizados por la Revolución, de su ayuda a la limpia del Escambray y de los activos trabajos voluntarios protagonizados por la Federación de Mujeres Cubanas.

Me estremecía, y aún lo hago, con la música patriótica, con los versos de Sara González y Silvio Rodríguez, y no había ocasión en la que mi piel no se erizara al escuchar el rítmico Cuba Va al concluir las tribunas abiertas en los primeros años del siglo XXI.

Con ese historial no fue extraño para mí incorporarme a las filas de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) desde el noveno grado, ni aceptar la propuesta de mi colectivo laboral para que aceptara la doble militancia e integrarme al Partido Comunista de Cuba (PCC).

Sin embargo, hoy, cuando conozco de cerca el trabajo de esas organizaciones, echo de menos ese sentido de pertenencia que vislumbraba durante mi niñez en quienes ostentaban con orgullo el carné de militantes.

Es cierto que en esta época de abrumadora crisis económica y desabastecimiento, en la que la prioridad de cada familia es garantizar el alimento diario, parece quedar poco tiempo para pensar en los problemas del otro, para ser ejemplo y vanguardia en el enfrentamiento a lo mal hecho.

Lograr la incorporación de nuevos miembros a las filas de la UJC y del PCC parece una odisea, porque se ha perdido en cierta medida la confianza en esas organizaciones.

Para muchos solo son consumidoras del salario por el aporte mensual de la cotización, que en definitiva se emplea para sufragar los gastos de las propias organizaciones, la impresión de folletos de estudio y de las campañas promovidas.

Sin embargo, no puedo dejar de apreciar el aporte monetario que sin pesar algunos dan los creyentes religiosos. ¿Acaso no es lo mismo?

Se trata de una contribución para el sostenimiento logístico de una organización en la que se cree y de la que se acepta formar parte por convicción.

Creo que el principal fallo de la juventud y el partido, como popularmente se les conoce a estas organizaciones, es precisamente esa última cuestión.

Y es que la apatía, la falta de entusiasmo e iniciativas que convoquen y estimulen se han adueñado de sus filas.

La culpa la tenemos los propios militantes y sobre todo los secretarios de los comités de base y de los núcleos del partido, porque una de sus principales misiones es motivar y fortalecer en afiliados o no los principios revolucionarios que defiende Cuba.

En el 8vo Congreso del Partido que acaba de concluir se hizo mucho énfasis en el rol de los cuadros y el trabajo interno de la militancia como vanguardia política de la nación y ejemplo para el resto del pueblo.

Las constantes agresiones a las que se enfrenta la mayor de las Antillas, sobre todo el recrudecimiento real y cruel del bloqueo de Estados Unidos, imponen pensar y actuar diferente.

No se concibe un dirigente, a cualquier nivel, que no sea ejemplo y el primero en el trabajo. ¿Cómo entender que un representante de la juventud comunista asista a un centro laboral a distinguir a su colectivo en el marco de un trabajo voluntario y que espere en la sombra sin vincularse a la actividad?

La definición del Che de cómo debe ser un joven comunista no es solo para leerla, sino para interpretarla y adecuarla al actuar diario de todos.

Ser ejemplo debe ser la primera cualidad de un militante. No debemos conformarnos con cotizar puntualmente, hay que preocuparse por los problemas del colectivo laboral y de la administración, hay que motivar y promover actividades.

Debemos ser el espejo en el que los demás se reflejen y el modelo en que sueñen convertirse. Claro que ello también implica que ser militante sea una cuestión de reconocimiento moral y material.

La juventud y el partido no son organizaciones para comecandelas, como coloquialmente muchos afirman, sino para quienes de verdad creen en los principios que defiende la Revolución y están empeñados en hacer de este un mejor país.

A eso nos convida el 8vo Congreso del Partido y en eso ansío se transformen, para poder hablar a mis hijos y nietos del orgullo de ser una militante comunista.