Feb, 2021.- Muchas son las anécdotas que reflejan a un Camilo campechano, capaz de compartir una simple pero codiciada patica de puerco o facilitarle dinero a quien ordenaba una misión en la ciudad para que se alimentara durante el tiempo que demorara la encomienda.

Su apego a la jarana y oposición a sucesos ocurridos antes del triunfo de la Revolución en 1959 se mezclaban en sus acciones como lo de ponerle a su perro el nombre de Fulgencio, en alusión a Batista, quien protagonizó el golpe de estado del 10 de marzo de 1952 y se caracterizó por su servilismo a la administración de Estados Unidos.

Fue, sin dudas, su carácter afable y sonrisa franca con la que ganaba amigos desde el primer encuentro, lo que lo convirtió desde muy temprano ser uno de los más carismáticos dirigentes de la Revolución Cubana.

Él era un hombre que pintaba corazones en las almohadas de Vilma Espín y Raúl Castro, y al que había que registrarle los bolsillos al salir porque acostumbraba a llevarse por broma un montón de cosas.

Otras veces inventaba historias solo para desconcertar a los soldados, como aquella vez en Yaguajay, cuando imaginó el envío de un submarino desde la Sierra para ponerlo en funcionamiento en las montañas de Villa Clara.

Pero también resultó un guerrero que no decía que no a la batalla ni escondía el odio al tirano, poseía el don de la firmeza y la seguridad, y si notaba en alguien cierta debilidad o temor sabía infundirle optimismo y confianza.

Camilo era así, ocurrente, jaranero, le corría una "máquina" a cualquiera, de una forma sana, pero sus compañeros no se podían disgustar con él porque no tenía ni una pizca de maldad, sino que era un hombre íntegro, entero.

Solo vivió 27 años pero siempre será recordado por cada niño y joven cubano como el hombre de las mil anécdotas, sonrisa sincera y sombrero alón.