May, 2020.- La artista de la plástica y terapeuta Laura White entra al salón del hospital luego de una primera etapa de cuarentena. El coronavirus sigue cobrando víctimas en Estados Unidos, pero las autoridades instan a relajar las medidas de aislamiento. La mujer reflexiona. “La vida aquí ha vuelto a la normalidad, excepto que no es normal en absoluto”.

Es una inquietud generalizada en ese entorno. El diario digital https://us.as.com/us/ publica; “Estados Unidos lleva ya varias semanas posicionado como la nación con más afectación por coronavirus, pues los números en cuanto a fallecidos y contagiados lo colocan en la primera posición a nivel mundial, algo que sigue generando preocupación y un esfuerzo descomunal para tratar de revertir el panorama.

De acuerdo con los últimos reportes, al cierre de este martes 12 de mayo se tienen registrados un total de un millón 369 mil 376 contagios, mientras que el total de fallecimientos en el país de las barras y las estrellas es de 82 mil 376 hasta este momento. Sin embargo, es preciso mencionar que las cifras se van actualizando con el transcurrir de los minutos y las horas.

Solo puedo ir de casa al trabajo”, dice Laura para sí.

Laura usa una máscara de respirador, un protector facial de plástico. Viste bata de hospital desechable y dos capas de guantes.

En el centro asistencial solo quedan los pacientes más confusos y agresivos.

Un enfermo al ver a la mujer con todo ese camuflaje se asusta y le da un puñetazo. La terapeuta bloquea el golpe con la muñeca.

La examinan inmediatamente: no hay huesos rotos pero está adolorida. A pesar del incidente se siente afortunada de no haber tenido fracturas o mayores consecuencias.

Laura no ha sido la única agredida en el hospital, otro personal también ha sido herido. Tienen indicado no sedar a los pacientes, por lo que no es una opción para minimizar su agresividad.

La terapeuta los trata con cariño, con delicadeza y amor. “Es la enfermedad y la demencia las que causan su comportamiento. ¿Quiénes eran antes de que esto les sucediera?”, se pregunta.

Laura recapacita: “Usar mantas en mi cara los confunde más. Nadie ha visto mi sonrisa en mucho tiempo”.

Ella se comunica con los pacientes con voz tierna y dulce. Es cuando varios de ellos la identifican. La abrazan. Uno de ellos se duerme  en su hombro.

“No debería estar a menos de seis pies de ellos, pero ¿cómo podría alejarme de su necesidad de contacto humano? Están terriblemente confundidos. Amo mi trabajo porque es una bendición ver a la verdadera humanidad”.

Cada día su estrés aumenta. La dureza económica y la tensión en su casa la golpean en lo más profundo tanto a ella como al resto del personal del hospital. El costo psicológico de la epidemia es muy alto. “Doy gracias a Dios que tengo arte y relaciones que puedo mantener incluso desde lejos”.

La familia le llama todos los días. Cuando siente la voz a través del celular le sirve de incentivo.