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Sep, 2026.- Hace varios siglos, cuando el sol del Caribe aún era testigo de velas negras en el horizonte, estas aguas fueron el escenario de una guerra feroz. Hombres movidos por la sed de oro y la fama de su crueldad sembraron el pánico en las prósperas villas coloniales. Una de las más mancilladas fue Camagüey, aquella antigua Santa María del Puerto del Príncipe, cuyo origen se remonta a las costas de lo que hoy es Nuevitas.

Ningún temor estuvo infundado ni producto de la imaginación. Los primeros asentamientos costeros fueron devastados por esos lobos de mar y los sobrevivientes, hartos de sus desmanes y con toda la lógica posible, decidieron huir. Allí, con astucia y desesperación, trazaron una ciudad diseñada para confundir a cualquier atacante que osara adentrarse en ella. Así nació Camagüey, ese hermoso laberinto que aún hoy nos desorienta a todos.

Eso sí, la piratería no resultó un fenómeno aislado. Fue, ante todo, una consecuencia de la codicia y la política internacional. Los reyes españoles prohibían el saqueo de las riquezas americanas excluyendo no solo a otras naciones europeas, sino también a los propios españoles que no hubieran nacido en Castilla. Para colmo, solo se habilitó un puerto en la península para comerciar con el Nuevo Mundo: Sanlúcar de Barrameda, en Sevilla.

Enseguida el rey de Francia, con una ironía que aún es famosa, exclamó: "El sol sale para mí como para los demás. Me gustaría ver la cláusula del Testamento de Adán donde se me excluye de una parte del mundo." Y así, sin pensarlo mucho, las potencias europeas enviaron sus corsarios a arrebatarles los tesoros a los conquistadores españoles de América, convirtiendo el Caribe en un campo de batalla.

Cuba, por su posición geográfica estratégica y su riqueza, no tardó en convertirse en un sitio muy visitado por esos depredadores. Camagüey, en particular, destacaba por sus gordas vacas, sus tierras fértiles y su producción de queso, tasajo y casabe; con esos productos el propio pueblo comerciaba en secreto con los piratas, a los cuales muchas veces veían más como aliados que como enemigos. Esos contrabandistas traían mercancías europeas para intercambiarlas por producciones locales, destruyendo así el monopolio español.

Sin embargo, hasta las mejores amistades se malogran. El primer asalto documentado en tierras camagüeyanas ocurrió el 2 de julio de 1555, cuando tres naves de la flota del famoso pirata francés Jacques de Sores atacaron la hacienda Cubanga. Apenas ocho días después, esos mismos corsarios, ya envalentonados, tomarían y saquearían La Habana.

En 1603 asaltaron dos naves españolas frente a Cayo Romano, al norte de Nuevitas, Camagüey; entre los pasajeros viajaba la familia del teniente gobernador de la mayor isla antillana, Melchor Suárez de Poago. Los viajeros fueron despojados de sus bienes y enviados desnudos a Baracoa. Se atribuye este acto al famoso pirata Diego Grillo, un mulato nacido en La Habana, quien se convirtió en el azote de los mares cubanos.

Otro episodio singular refiere el secuestro del obispo Fray Juan de las Cabezas y Altamirano, ocurrido en 1604, cuando unos piratas franceses desembarcaron en Manzanillo y lo capturaron cerca de Bayamo. El obispo, como era costumbre, fue desnudado y obligado a caminar descalzo hasta que un principeño, arriesgando su vida, lo auxilió. Ese hombre era Silvestre de Balboa Troya y Quesada, escribano público y del Cabildo, quien más tarde —en 1608— aprovecharía esta experiencia para escribir la primera obra reconocida de la literatura cubana: Espejo de Paciencia; aunque se dice que Balboa no era tan antipirata como aparentaba. Algunos historiadores sostienen que escribió su obra para limpiar la imagen de la villa y la suya propia, pues muchos ricos hacendados de la zona estaban implicados en el contrabando.

Ya no hay piratas en el horizonte, pero el eco de sus hazañas aún resuena con potencia. Tanto los camagüeyanos como los nueviteros sabemos que su historia es, ante todo, una lección esencial de coraje y resistencia.

 

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