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Sep, 2026.- En los contornos de la bahía de Nuevitas el tiempo ha decidido instalar su morada definitiva. No transcurre, simplemente se siente cómodo en su trono de corales y mareas, mientras, la leyenda se adormece mecida por las corrientes que vienen del océano Atlántico Norte.

A pocos metros de la costa, donde la luz del sol se quiebra en capas de azul y sombra, descansa un navío que prefirió la inmolación antes que la rendición. Esa es la historia de la cañonera española Francisco Pizarro, testigo mudo de uno de los momentos más decisivos que vivió la nación cubana. 

Para comprender la presencia de este barco español en el lecho de la bahía nuevitera es necesario cerrar los ojos y permitir a la memoria llegar hasta el año 1898. En aquellos días Cuba -la incomparable Perla del Caribe- llevaba tres décadas desgarrando su propia piel en un esfuerzo por desprenderse del yugo colonial que le oprimía la espalda. Pero el conflicto ya había dejado de ser un asunto bilateral entre cubanos y peninsulares. Un nuevo actor había entrado en escena: Estados Unidos, nación joven y voraz, con apetito de influencia y territorios que anexarse.  

Conviene aclarar, antes de continuar, por qué se habla de cañonera y no de cañonero. La distinción reside en la dimensión. La cañonera es una embarcación de menor porte, más ligera y ágil, tal como lo fue el Francisco Pizarro, diseñado para maniobrar en aguas costeras y ejecutar acciones rápidas, lejos del estruendo de los grandes acorazados.

El 15 de febrero de 1898 una explosión sacudió el puerto de La Habana. El acorazado estadounidense Maine se hundió con gran parte de su tripulación, y aunque las causas del siniestro permanecen envueltas en controversia, el hecho sirvió para que el Congreso de los Estados Unidos declarara la guerra a España el 25 de abril. La contienda fue breve, pero de una brutalidad que marcó a fuego el destino del Caribe. 

El golpe definitivo al poder español en la isla se produjo frente a las costas de Santiago de Cuba. La orden fue terminante: los barcos ibéricos que aún navegaban en aguas cubanas y debían ser destruidos antes de caer en manos enemigas. La bandera de España debía arder antes que ser humillada.

En la bahía de Nuevitas la cañonera Francisco Pizarro recibió aquella orden fatal. Su tripulación, con el pecho partido por la desdicha, prendió fuego a su propio navío para que nunca fuera izada sobre él una bandera extranjera. 

En Nuevitas la memoria del Pizarro se mantuvo viva gracias a los pescadores que cada mañana se adentraban en el mar en busca del sustento familiar. Ocurrió que, en más de una ocasión, sus redes tropezaban con algo inmenso y sombrío en el fondo. Entonces los más audaces, aquellos que no le temían a la oscuridad ni a lo desconocido, se calzaban las gafas de buceo y lanzaban a explorar. Buscaban tesoros, monedas de oro o plata. Pero el fondo no les devolvía más que arena. Hasta que un día, uno de ellos, con la mano temblorosa por la emoción y el frío, desenterró de entre los sedimentos una placa de bronce. Al limpiarla pudo leer un nombre grabado: Francisco Pizarro. 

La noticia viajó hasta Camagüey, a la mismísima Oficina del Historiador de la ciudad. Allí comprendieron que aquello no era un cuento de pescadores ni una leyenda tejida al calor de las noches de ron y tabaco. Era un llamado de alerta. El Pizarro, sumergido a 21 metros de profundidad, no podía seguir siendo víctima del saqueo silencioso. Era necesario estudiarlo, protegerlo y, sobre todo, contar su historia al mundo. 

Entonces un grupo de arqueólogos subacuáticos y buzos especializados en patrimonio sumergido emprendió las primeras inspecciones. Pero sumergirse en la bahía de Nuevitas no es tarea sencilla. Los sedimentos en suspensión y el movimiento constante de las mareas convierten la visibilidad en algo difícil y, además, están los tiburones -con dientes bien reales- que recorren esas aguas como dueños absolutos del mar. Aun así bajaron. Y lo que encontraron les robó el aliento. Parte del piso de madera permanecía intacto. Las esponjas marinas y otras especies adheridas al casco habían actuado como un escudo, protegiendo la madera durante más de un siglo. El Pizarro ya no era solo un barco, sino un ecosistema perfecto, un arrecife de hierro. 

En el año 2001 la UNESCO aprobó la Convención sobre la Protección del Patrimonio Cultural Subacuático. Por primera vez un tratado internacional reconocía que los pecios con más de 100 años de antigüedad eran patrimonio de la humanidad. Cuba firmó el acuerdo y se comprometió a proteger sus tesoros sumergidos. Eso significa que el Francisco Pizarro está

bajo el amparo de la ley. Nadie puede tocarlo sin permiso, porque cada tablón, cada clavo oxidado, cada cañón cubierto de ostras es una página viva de la historia cubana. 

Los buzos de Nuevitas conocen bien la regla de oro para visitar el lugar: solo se puede bucear durante la marea de llenante. En esos breves minutos en que el agua asciende, la visibilidad mejora y el barco permite ser contemplado en todo su esplendor. Según relatos del buzo Jorge Omar, los delfines acuden muy a menudo a su superficie, saltan y giran, persiguiendo cardúmenes de peces pequeños que destellan como monedas de plata entre la luz filtrada. 

En 2018 se estrenó el audiovisual Tras la huella del Pizarro, que mostró al mundo su estado de conservación y reavivó el interés de arqueólogos, buzos e historiadores. Para ellos este barco no es solo un vestigio del pasado, también, es el hogar de numerosas criaturas marinas y una valiosa reliquia histórica de la región. 

La cañonera española Francisco Pizarro invita a sumergirse hasta el fondo del mar. Está rodeada de vida: caballerotes, jureles y pagualas que destellan entre las sombras, junto a hermosas cuberas que parecen observar todo con curiosidad y, por supuesto, las esponjas –unas anaranjadas, otras grises- cubriendo su superficie como un manto de terciopelo marino. Porque no se trata de chatarra oxidada, es un sueño hundido que enseña una lección profunda. En ocasiones, un barco no es solo un navío, es un archivo histórico. 

El Francisco Pizarro sigue allí, a 21 metros de profundidad, en el fondo arenoso de la bahía de Nuevitas. Es cierto, cada año los sedimentos lo cubren un poco más, pero el tiempo no ha podido borrarlo, porque él es también el testimonio del pueblo cubano que vio en sus aguas el escenario de una guerra y en sus costas la herida de una independencia postergada.

La cañonera es, además, un grito de libertad para los cardúmenes que nadan entre sus cañones y habita en los sueños de aquellos pescadores nueviteros que, sin saberlo, un día se convirtieron en arqueólogos.

Con el Pizarro la historia no tiene precio de compra ni de venta, solo se escucha, cuida y comparte desde el amor profundo de los corazones.

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