Jul, 2026.- Existen laberintos interiores y exteriores: de imágenes, de ideas, de rostros presentes y del pasado. A veces las personas se comportan como si estuvieran perdidas en sus pasillos largos de caminatas extenuantes. No se trata de filosofía ni de excesivo verso; ya hablaron de esto numerosos pensadores, entre ellos Nietzsche y Jorge Luis Borges.
Recorrer un laberinto según el pensamiento nietzscheano es ejercer un ejercicio de libertad, que rompe con la rutina y se atreve a enfrentar el caos en cada contradicción. Con Borges, resulta más cercano, porque para él los laberintos eran una metáfora de lo infinito, del conocimiento imposible de abarcar y de la propia condición humana.
Los laberintos exteriores fueron creados por diferentes culturas desde la antigüedad para acoger rituales, garantizar protección espiritual o servir como escenarios de poder político. Con el tiempo se transformaron en hermosos jardines que, en Europa, se convirtieron en el escenario perfecto para vivir citas amorosas y confesar secretos.
Pero un laberinto es mucho más que un conjunto de calles enredadas para confundir al caminante. Es símbolo, es mito, es arte. Desde la antigüedad, los hombres han trazado caminos imposibles. El más célebre, el de Creta, guardaba al Minotauro, ese ser mitad hombre, mitad toro, que aún hoy palpita en la memoria de la mitología. Allí, según la leyenda, Teseo venció a la criatura gracias al amoroso hilo de Ariadna. Más allá de la historia, este espacio fue también usado para la celebración, la caza y los rituales.
Un ejemplo más cercano para los pobladores del municipio de Nuevitas es el centro urbano de Camagüey, que se ganó con toda justicia el título de “Ciudad de los laberintos”. Sus calles coloniales, estrechas y diseñadas con astucia, buscaban despistar a los piratas que asolaban el Caribe en los siglos XVI y XVII. Este trazado, lejos de la cuadrícula típica de otras ciudades de arquitectura española, se convirtió en un entramado de pasajes, plazuelas escondidas y esquinas inesperadas que aún hoy sorprenden a los visitantes.
Los laberintos internos a veces están llenos de incomprensiones, de culpas, de frases que nunca se dijeron, pero son las que importan porque los silencios a veces suelen doler demasiado. Por eso, como consejo útil, visite a sus criaturas internas, pero trate de no perderse en la oscuridad laberíntica de sus momentos más complicados.
Así, entre jardines, esculturas, danzas, mitos y literatura, cada laberinto continúa siendo un fascinante reflejo de la sensibilidad humana en la eterna búsqueda del saber y del amor, como si recorrerlos fuera el pretexto más sencillo para no besar la soledad.





