Jun, 2026.- El café, ese líquido oscuro que despierta con audacia los sentidos, ha sido mucho más que una bebida tradicional en la mayor de la Antillas. Es fuente de inspiración y un sabio propulsor de ideas y acciones. Su historia, impregnada de misterios, se remonta a los ancestros africanos que descubrieron la energía escondida en sus granos.
En Cuba su cultivo se inició con Don José Gelabert, quien sembró las primeras semillas traídas desde Santo Domingo. Más tarde, muchos de los colonos franceses que huían de la Revolución Haitiana multiplicaron las haciendas cafetaleras en las montañas de Oriente y desde allí impulsaron la industria cafetalera hasta convertir a Cuba en el mayor exportador mundial durante el siglo XIX.
Aunque aquella macro producción perdió fuerza por las trabas coloniales, la cultura cafetalera sobrevivió como patrimonio familiar. Hoy, los cafés gourmets cubanos son joyas reservadas para paladares selectos, mientras las ruinas de haciendas cafetaleras que sobreviven las declararon Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y recuerda la grandeza de la herencia sociocultural.
El café cubano no es solo bebida energética, es identidad, como si por las venas además de sangre fluyera la cafeína, por lo que con su sabor denso, cada tacita sigue siendo musa y testigo de la creación artística en la isla. Por supuesto, no falta quién dice que es una droga, por lo adictivo, pero también pudieran parecerlo en ocasiones el azúcar o la sal, pero todo en su dosis exacta no hace daño.
En Europa, los cafés de París, Viena o Madrid fueron antaño espacios dedicados al debate intelectual y artístico. En Cuba, esa tradición se transformó en un sello cultural propio y hogareño, es el mejor ejemplo el famoso buchito ofrecido a cada visita, incluso en los hogares más humildes. Aunque tal vez los que viven en las provincias orientales son los que lo cumplen al pie de la letra.
Basado en ese conocimiento social en el municipio de Nuevitas la Peña Literaria Manuel Maure Parri tuvo durante varios años una actividad caracterizada nombrada Café con cuentos, que se efectuaba en el patio del Telecentro Nuevavisión y la misma, como su nombre lo indica, posibilitó a muchos a experimentar esa poderosa alianza entre degustar la literatura local acompañada de un buen café.
Definitivamente la historia es una locomotora que nunca se detiene y el café cubano, con sus múltiples atributos dialoga conectando lo local con lo universal. Cada taza es un puente, entre Cuba y el mundo, porque no solo alimenta el cuerpo, también nutre los vacíos del alma y sobre todo, desde pequeños espacios cotidianos, continúa desempeñando un papel relevante en la vida cultural de la nación.





