Jun, 2026.- En Nuevitas aún late la memoria de una mujer que sembró futuro con cada gesto y cada palabra. Su nombre fue Alejandrina Eugenia Scarbrough Chiley, la inolvidable Beby Samuel, quien más que maestra se convirtió en guía luminosa para varias generaciones en su búsqueda del conocimiento.
Ella nació el 10 de diciembre de 1909, hija de inmigrantes de Saint Kitts que llegaron como semillas al viento para echar raíces fecundas en tierra cubana. Su infancia fue sencilla: zapatos gastados, ropa limpia y sueños intactos. En medio de carencias cultivó la certeza de que enseñar era su destino. Obstáculos no le faltaron: mujer, negra y humilde en una época de prejuicios. Pero su vocación era más fuerte que cualquier muro, y con estudio y perseverancia se abrió camino.
Cuando fundó junto a sus hermanas el colegio La Luz, no solo levantó una escuela: levantó esperanza. Allí, cada pupitre era un pequeño altar donde se oficiaba el milagro del conocimiento. La tiza se transformaba en varita mágica, y la paciencia en herramienta para moldear destinos.
Tras el triunfo de la Revolución, Beby se multiplicó en la enseñanza pública. En las aulas de la Ciro Redondo y la Enrique Hart desplegaba un estilo único: la disciplina era armonía, el respeto nacía del cariño, y los niños más vulnerables encontraban en ella bálsamo y refugio. Su voz alentaba, su mano sostenía con delicadeza y su mirada abría horizontes. Al caer la noche, cuando gran parte de la ciudad descansaba o dormía, ella seguía enseñando en el Gremio Marítimo Portuario, demostrando que la educación no conoce fronteras ni relojes.
Su entrega fue reconocida con medallas y distinciones, pero el verdadero premio fue el amor de su pueblo. Declarada Hija Distinguida de Nuevitas se convirtió en símbolo de constancia y compromiso. Participó en la Campaña de Alfabetización llevando la luz del saber a los rincones más humildes. Su pasión era contagiosa: irradiaba energía, inspiraba a discípulos que luego también se hicieron maestros, perpetuando su legado.
Beby Samuel fue maestra hasta su último aliento, el 28 de noviembre de 2008, cuando partió rodeada de su familia y de su pueblo, casi a los 99 años. Su vida fue una sinfonía de entrega, marcada por la pasión de educar y el compromiso revolucionario. Hoy, su recuerdo sigue vivo en cada aula de Nuevitas donde se enseña a pensar, a cuestionar y a soñar porque los verdaderos maestros no nos abandonan nunca y nos siguen enseñando durante toda la vida.





