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Jun, 2026.-  El 14 de marzo de 2017 abordé este tema en el programa Razones, de Radio Nuevitas, que en aquel entonces escribía. Algunos se sorprendieron con mi idea: ¿acaso la cerveza es cultura? Y sí que lo es. No sólo porque lo cultural abarca todo, sino porque la cerveza ha sido considerada durante siglos un alimento valioso para la humanidad.

Es curioso observar cómo documentos históricos de casi todas las civilizaciones la mencionan. A partir de la masa destinada al pan, el hombre descubrió la fermentación del grano e inventó esta bebida popular, conocida en muchos países europeos como “pan líquido”.

Pan y cerveza nacieron casi al mismo tiempo. Todo dependía de las proporciones: más harina que agua daba pan; más agua que harina, cerveza. La fórmula más antigua para elaborarla se encontró en la Mesopotamia del Sur, y su legislación aparece en el Código de Hammurabi, el más viejo del mundo, donde se reglamentaba su fabricación y venta para proteger al consumidor.

En la antigüedad, la cerveza tuvo gran importancia sociocultural. La dieta de los babilonios la incluía junto con granos, frutas, verduras y cebolla. Incluso muchos salarios se pagaban en grano o directamente en ésta bebida. Los ricos también la bebían, aunque de manera más sofisticada: utilizaban tubos de oro, mientras los campesinos la sorbían con palitos rústicos.

Por sus cualidades, la cerveza fue considerada alimento de primera necesidad para los soldados, lo que llevó a que los poderosos intentaran monopolizar su producción. En Egipto era bebida nacional y se mezclaba con dátiles, miel y canela. Los griegos la adoptaron por sus poderes medicinales, recomendada incluso por Herodoto contra la picadura del escorpión. Los romanos, en cambio, inicialmente la despreciaron reservándola para los pobres, hasta que el contacto con los germanos la convirtió en símbolo cultural, especialmente en Alemania, donde aún hoy se celebran festivales en su honor.

Durante la Edad Media, la producción cervecera floreció en los monasterios europeos. Se elaboraban tres tipos: una débil para los mendigos, otra más fuerte para los monjes y una exquisita para nobles y poderosos. Los monjes solían beber hasta dos o tres litros diarios.

Más tarde, Louis Pasteur describió sus propiedades medicinales y cosméticas en su obra Estudios sobre la Cerveza, y la pasteurización permitió conservarla por largo tiempo.

Los países con mayor tradición cervecera son Alemania, Bélgica, Dinamarca, Holanda, Inglaterra e Irlanda, aunque su consumo se ha extendido hasta Latinoamérica. En esta región, México destaca como productor, situándose en el séptimo lugar mundial.

La llamada “Espuma de los dioses” fue concebida como bebida sagrada en muchas culturas, asociada a divinidades y rituales religiosos, además, estudios modernos confirman su riqueza en proteínas, vitaminas, sales minerales y fibras. Sin embargo, por placentera que sea, conviene tomarla con moderación.

Los cubanos somos bastante cerveceros. Recuerdo que mi padre podía beber más de veinte botellas en un almuerzo y aún sentirse feliz. Aunque, también, ocasionalmente ponía el grito en el cielo cuando yo aplicaba generosamente este líquido en mi cabello, porque realmente le otorgaba un hermoso brillo y suavidad.

De cualquier manera confieso que prefiero la Malta, una bebida elaborada con el mismo ingrediente base, pero sin alcohol. Lo digo porque, como reza el refrán: “honor, a lo que honor merece”. Así cada tradición encuentra su forma de perdurar en el gusto de las personas e, igualmente, porque la cerveza es parte de la memoria líquida y patrimonio cultural de la humanidad.

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