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May, 2024.- En las comunidades primitivas, cuando las mujeres sembraban junto a las cuevas, cada brote era un latido nuevo, una esperanza que germinaba contra el hambre. La tierra, entonces, era un vientre fértil que ofrecía consuelo en tiempos de escasez. El arte también ha bebido de esa magia y ha transformado el huerto en símbolo de espiritualidad. Así resplandece la monumental obra Expulsión del Edén, de Miguel Ángel, parte de los frescos de la Capilla Sixtina, donde el paraíso se convierte en escenario de culpa y redención, y el huerto en la triste metáfora de lo perdido. 

Con la agricultura llegaron inventos que dieron un giro al destino humano: el arado, la rueda, la cerámica. Pero más allá de la técnica, el huerto fue siempre un espacio íntimo, un rincón donde la familia hallaba frescura y sustento. 

En Cuba, los inmigrantes haitianos y chinos dejaron huellas de dedicación, como si cada semilla fuera también un fragmento de identidad, un tesoro hallado en la tierra en la forma de poema escrito con raíces y regado con sudor.

Punto y aparte, los huertos escolares son recuerdos vivos para generaciones de cubanos. Allí, niños y jóvenes aprendieron que la tierra devuelve lo que recibe: solidaridad, respeto, amor. Como decía Gorki, el trabajo puede ser placer, y al cultivar se convierte en lección de vida, en la acción gigante de manos pequeñas que descubren la magia de la germinación. Y tal vez cada semilla acogida en esos surcos es también una palabra nueva en el vocabulario de la esperanza. 

Si cada persona tuviera un pequeño huerto a su cuidado sería más feliz. A las plantas hay que hablarles, cantarles, mimarlas… Un tomate recogido por las manos que lo protegió es más delicioso y hermoso que todos los que pueden conseguirse en los mercados. Hasta el cebollín cuidado con cariño puede tener las hojas más nutritivas y verdes, no se trata de palabras que se puede llevar el viento, sino de hechos palpables.  

En Nuevitas desde hace mucho, los huertos alimentan a la comunidad con zanahorias, coles y ajíes. Estas hortalizas contienen poesía escrita en sus raíces, un patrimonio verde que se acaricia con las manos y nos enseña que la tierra, trabajada con respeto, devuelve frutos y conocimiento: el más preciado alimento de la humanidad.

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