May, 2026.- En tiempos modernos, cuando los videojuegos y la tecnología parecen dominar el ocio infantil, los juegos clásicos, aquellos que padres y abuelos practicaban con recursos sencillos como piedras, flores, ramas, cuerdas, papeles o botones, siguen vigentes y continúan siendo un motor fundamental para la imaginación de los niños.
Uno de los más entrañables es el vuelo de papalotes, también llamados barriletes o cometas. Con origen en China, llegaron a Cuba y se convirtieron en protagonistas de tardes ventosas. No solo llenan de color el cielo y las caras de alegría, sino que, también, unen a familias enteras en festivales, como los celebrados en La Habana y Cienfuegos.
Quizás, algún día, los habitantes de Nuevitas organicen su propio festival de papalotes gigantes, porque soñar, como bien se dice, no cuesta nada.
Los juegos tradicionales, además de diversión son auténticas herramientas educativas que enriquecen la experiencia de los infantes y fortalecen valores -el compañerismo, la solidaridad y la competencia sana. Ejemplos abundan: el juego de Las casitas, donde los niños reproducen roles adultos, cuidando muñecos como si fueran hijos, llevándolos incluso al médico o a la escuela.
La gallina ciega, otro gran clásico, ha trascendido generaciones. Con los ojos vendados un jugador intenta atrapar a los demás guiándose por sus voces, mientras el grupo lo anima con gritos y estalla en carcajadas. Esta dinámica, igualmernte divertida, resulta terapéutica y recomendable para todas las edades.
Los juegos clásicos infantiles, presentes en casi todas las culturas de la humanidad, forman parte del folclore y de la identidad de los pueblos. En Cuba, desde la bolita hasta el barrilete, se convierten en aliados de la escuela para fomentar valores y cualidades positivas de la personalidad.
Al jugar los niños olvidan por un momento la rutina y se muestran más sinceros, valientes y creativos. Por ello se aconseja a los padres mantener un cuidado especial y, además, un diálogo constante con sus hijos. Porque más allá de la inocencia estas prácticas consolidan el carácter, estimulan la imaginación, despiertan el ingenio y fortalecen la paciencia.
La infancia es un territorio sagrado y los juegos tradicionales son la primera escuela de la vida. En ellos se aprende a reír, a perder, a ganar y a compartir.
Son un patrimonio universal y cuidarlos es asegurar que los niños tienen la oportunidad de convertirse en el futuro en mejores seres humanos.





