May, 2026.- La palabra "cangrejeros" definió desde antaño a los moradores de la ciudad de Nuevitas, Camagüey. Su origen es anónimo, pero lo cierto es que el mar, con su susurro eterno, guarda secretos que a veces caminan sobre la arena.
Entre ellos el cangrejo: una criatura fascinante de cinco pares de patas que avanza de lado, como si la vida misma le obligara a mirar el mundo desde un ángulo distinto. Su exoesqueleto, duro como armadura de caballero medieval, es también medicina, alimento y metáfora de resistencia.
No es casual que el signo zodiacal de Cáncer lo represente, ni que unas sandalias playeras lleven su nombre. El cangrejo se ha infiltrado, sin pedir permiso, en la cultura como símbolo de obstinación y supervivencia.
En Cuba su historia se entrelaza tanto con la de los nativos como con la de los primeros conquistadores españoles. Existe una anécdota sobre Sebastián de Ocampo, explorador gallego que en 1508 realizó la primera circunnavegación de la isla, quien quedó sorprendido por la abundancia de estos crustáceos en las costas, especialmente en la bahía de Cárdenas. Él ya pertenece al pasado, pero los barrios de aquella ciudad siguen conviviendo cada año con la invasión de esos valientes animales, como si fueran auténticos mambises defendiendo su territorio.
Pasamos de temerles a devorarlos. La gastronomía local de muchos pueblos cubanos lo celebra con fervor. En las cocinas costeras el cangrejo se transforma en enchilados, croquetas y guisos con leche de coco. En otras latitudes se convierte en crabcake o en el exótico rangoon. Su carne, delicada y escasa en ciertos meses, es un tesoro que obliga a esperar con ansiedad genuina, del mismo modo que se aguarda la estación de las lluvias.
En Baracoa, desde 2009, se celebra un festival que mezcla folclor, cacao y conciencia ambiental. Allí, entre montañas, los pobladores compiten por atrapar cangrejos con las manos, mientras la música y el humor recuerdan que protegerlo es también resguardarnos. La fiesta se convierte en un canto de amor a la naturaleza, un llamado a preservar lo que el hombre tantas veces ha puesto en riesgo.
Y como todo símbolo, el cangrejo se erige en monumento. A la entrada de Cárdenas, una escultura lo recibe con la muela en alto, no como simple crustáceo, sino centinela de piedra que desafía huracanes y anuncia resistencia. Allí permanece, firme, como guerrero que nunca abandona la batalla. Creo que tal vez los nueviteros nos merecemos también un centinela de piedra, un cangrejo monumental que nos recuerde cada día que la resistencia, las tradiciones y la historia, igualmente, nos pertenecen.
El cangrejo no es solo un animal: es identidad, cultura, memoria y resistencia. Es la huella de un andar lateral que, paradójicamente, enseña a mirar de frente la relación eterna con la naturaleza y la vida misma.





