May, 2026.- Cuando la misión médica cubana en Guatemala comenzó a recoger sus pasos para regresar a la isla, ocurrió en Zacapa un hecho que nadie supo explicar sin sentir un leve estremecimiento, y que por eso mismo terminó aceptándose como verdad. Una canción quedó suspendida en el aire ardiente del valle del Motagua, como si el viento —ese viajero que cruza el oriente de Guatemala sin pedir permiso— hubiera decidido aprenderla de memoria.
Era Misión cumplida, la melodía nacida de la voz y el corazón del doctor Edy Jorge Soria, un internista cubano que descubrió, sin proponérselo, que sanar y cantar son dos maneras distintas de tocar el alma.
Nacido en la playa de Santa Lucía, pero radicado en Nuevitas, Camagüey, Edy fue formado en la casa donde dos maestros (para él brillantes) le enseñaron que la vida no solo se vive: también se interpreta. Desde entonces mira a las personas como si cada una llevara dentro un libro abierto que solo se deja leer en voz baja.
Hoy, en el Hospital Regional de Zacapa, donde cumple su primera misión internacionalista en la consulta de Medicina Interna, atiende pacientes, escucha silencios, descifra dolores. En una brigada de siete cooperantes cubanos, la población lo reconoce no solo como médico, sino como alguien que alivia incluso antes de tocar la piel.
En Zacapa, su nombre no circula: permanece. No se pronuncia: se agradece. Hay quienes aseguran que la sola certeza de su presencia modifica el curso de las cosas. Otros dicen que su consulta tiene una calma distinta, como si allí el tiempo hubiese aprendido a sentarse.
Pero Edy no solo lleva un estetoscopio al cuello. Desde la adolescencia compone canciones como quien guarda relámpagos doblados en los bolsillos, por si la noche necesita ser iluminada. La medicina le fue postergando la música, pero nunca logró silenciarla. Ahora ha vuelto a ella con la naturalidad con que los ríos regresan a su cauce cuando nadie los vigila.
En su canal de YouTube, donde aparece como Edy J Soria, comparte composiciones que transitan entre la canción de autor, el rap introspectivo y la poesía urbana. Son piezas nacidas de la experiencia, la gratitud y la vocación de servir; canciones que no buscan el ruido, sino quedarse viviendo en quien las escucha.
La primera en escucharlas, aun en la distancia, es su esposa, médica de familia y compañera de trece años, que ha aprendido a reconocer en cada nota el pulso secreto de la vida compartida.
Sus sueños, lejos de ser promesas, son estaciones visibles: ser especialista en medicina interna, profesor asistente, médico útil. Los demás —el segundo grado, el doctorado, la categoría docente— lo aguardan sin impaciencia. Y entre todos ellos, el más sencillo y verdadero: ver crecer a sus hijos y acompañar sus destinos.
Mientras, Zacapa espera la hora exacta en que la silueta del doctor Soria cruce el camino de regreso hacia Cuba, para hacer soplar sus vientos con una fuerza antigua y repetida.
En ese instante toda Guatemala escuchará, sin saber de dónde viene, la canción que este médico cubano dejó como despedida.













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