May, 2026.- ¿Quién dice que para alzar el vuelo se necesitan alas? Las leyendas cubanas demuestran que cualquiera puede hacerlo cuando tiene ganas. Desde que el hombre viste pantalones siempre ha sentido la inquietud de volar.
No todos los intentos han sido felices: Ícaro lo intentó con alas de cera y terminó chamuscado. En Cuba, siglos después, otro soñador decidió no quedarse atrás. Su nombre era Matías Pérez, portugués de nacimiento y habanero por adopción. Quería llegar al cielo vivo, sin alas de ángel, y casi lo logró.
El amor le da alas hasta a un cerdo. Imaginen lo que puede hacer con un ser humano. Hay muchos tipos de enamoramientos y caprichos, algunos rozan la obsesión. Matías era valiente y trabajador, no un muerto de hambre cualquiera. Fabricaba toldos tan resistentes que sobrevivían a ciclones, pedradas de niños y los chismes de las vecinas. Por eso lo llamaban El Rey de los Toldos. Pero como todo apasionado tenía un deseo prohibido y era volar.
Un buen día se gastó la bobería de 1,250 pesos en un globo aerostático llamado La Villa de París. Con esa suma en la época se podían comprar casas, esclavos, tierras agrícolas o financiar negocios enteros, pero no, el señor Matías Pérez quería sentirse como un halcón y esa noticia corrió veloz por las sucias calles de La Habana.
Y así, el 12 de junio de 1856, en el Campo de Marte, se reunió medio mundo para verlo despegar. Hubo orquesta, risas disimuladas, pañuelos al aire y rumores de que era un príncipe europeo disfrazado de plebeyo.
El primer vuelo resultó un espectáculo: el globo subió, bajó, se trabó la cuerda, el héroe trepó como si fuera un gato nervioso y terminó despatillado en una quinta de ricos, donde seguro le dieron una tacita de buen café cubano y palmaditas de aliento en el trasero. El público lo aplaudió eufórico, porque en Cuba, cuando por una tontería así alguien no se muere, se celebra con fiesta, aunque si fallece, también se suele agasajar.
No conforme con esto y decidido a ser materia prima para la historia, el soñador del globo volvió el 29 de junio a la Plaza de Marte. Así que subió a su desdichada aeronave de trapo, que el viento enseguida arrastró como si fuera un papalote sin cordel.
De inmediato algunos pescadores asustados le gritaron que se tirara al agua y él, dándose importancia, como siempre, siguió volando hasta que se convirtió en un puntico en el horizonte y sí, ya nunca más se supo de él. Desde entonces, cada vez que alguien desaparece sin dejar rastro, los cubanos decimos: voló como Matías Pérez.
La moraleja es que, si alguna vez sienten que la vida los arrastra o el amor los desborda, razonen tranquilos y recuerden a Matías Pérez: aquel hombre que se tomó tan en serio su sueño de volar que aún hoy sigue flotando en la memoria, perdido entre los deseos suicidas que habitan en el cielo de la imaginación.





