Abr, 2026.- En Cuba pocos símbolos naturales contienen en sí tanto sentido de pertenencia como la Palma Real. El árbol nacional, actualmente protegido por ley y omnipresente en el paisaje rural, es una insignia espiritual y artística que acompaña al pueblo cubano desde tiempos coloniales hasta el presente.
Muchos cuadros cubanos poseen la Palma Real, estampada como centinela de la identidad, bajo el sol que se abre paso entre cañaverales y bohíos, porque éste no es un árbol cualquiera, suele ser emblema de la resistencia de una nación.
Su imponente altura puede alcanzar los 40 metros y su resistencia frente a los huracanes la hizo metáfora de la determinación. Por ello no es nada casual que José Martí la llamara “la novia de todos los cubanos”, ni que aparezca en el escudo patrio diseñado por Miguel Teurbe Tolón.
La Palma Real es elegante y llena de dones; además de bella, también, útil. Sus pencas cubren techos, sus flores ofrecen sustento a las abejas, su fruto nombrado palmiche alimenta a los cerdos y su aceite sirve para hacer jabón. Incluso la medicina tradicional le reconoce propiedades curativas, como el uso de sus raíces para tratar afecciones urinarias y la diabetes.
En el ámbito religioso la Palma Real ocupa un lugar sagrado en la Regla de Ocha. Asociada a Changó, dios del fuego y la guerra, es considerada su trono. La investigadora cubana Lydia Cabrera lo recogió en su monumental libro El Monte, donde la describe como morada de los orishas, demostrando un poderoso enlace tradicional de la herencia africana con la cubana.
Es común ver que los emigrados lloren al verla desde el avión y tampoco sorprende que los niños, al dibujar un campo cubano, tracen casi siempre una palma, sin que nadie se lo pida. Porque, en realidad, ella es más que un árbol. Es un soldado firme de la cultura, un testigo de la historia y aunque no empuña armas defiende la voluntad del pueblo de no doblarse nunca.





