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Abr, 2026.- A menudo me llama la atención una frase popular: “Somos lo que comemos”. Es curioso cómo nos invita a reflexionar sobre la manera en que la alimentación influye en la salud corporal, las emociones, pensamientos y en la forma única de compartir la vida.

Es innegable que la comida es el combustible que nos permite funcionar. Una dieta equilibrada fortalece el sistema inmunológico, mientras que una mala alimentación puede abrir la puerta a múltiples enfermedades.

En mi familia casi todos tenemos sobrepeso, incluso los más jóvenes. Algunos, como mi prima Arlen, libran una batalla constante contra el azúcar y defienden el consumo equilibrado de vegetales. Mi caso es distinto: mi madre es diabética y yo siento ese “guiño diabético” en mi sangre. Sin algo dulce me desmayo; por ejemplo, el café me gusta con leche condensada, leche o un toque de canela.

También soy de los que opinan que no hay nada como la cocina cubana, en que el arroz congrí es un poderoso símbolo de sabor y mestizaje; sin embargo, en la bahía de Nuevitas la cultura culinaria tiene un matiz especial, aunque disfrutamos de la yuca y los chicharrones de puerco, nunca faltan los mariscos y el pescado.

Los lugareños hemos inventado incontables variantes para llevar a la mesa los productos del mar. A mí, quizás por tradición familiar, me persigue el sabor de las huevas de pescado en todas sus formas. De edad mayor me enteré de que en otras culturas son un lujo llamado caviar. Aquí, en cambio, las disfrutamos sin tanto alarde, fritas o en salsa, especialmente de especies como la lisa.

Siempre agradeceré a mi padre haberme enseñado lo poco que sé del mar y a respetarlo tanto. Y a mi madre también, porque me mostró que el amor y la salud, en realidad, entran por la cocina.

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