Abr, 2026.- Hablar de Enrique Cirules Morell es adentrarse en la vida de un hombre que convirtió la curiosidad en destino y la perseverancia en obra. Escritor tenaz, hijo ilustre de Nuevitas, su trayectoria estuvo marcada por la pasión por los libros, la investigación incansable y el amor por su tierra. Pero detrás del autor consagrado también estaba el maestro, el padre y el ser humano profundamente humilde. Manuel Enrique Cirules Estrada, su hijo, comparte recuerdos íntimos que revelan a la persona detrás del ídolo.
Nació el 5 de noviembre de 1938, en Nuevitas. Como hijo de una maestra creció sintiéndose cercano a los libros. Fue su abuelo, pescador, quien le habló sobre las historias de los marineros, las leyendas y las verdades de la bahía. Así, a los 23 años consiguió su primer trabajo en el puerto. Las historias que escuchaba sirvieron de inspiración para escribir.
"A partir de ahí se fue inmiscuyendo en las pesquerías, oyendo anécdotas y leyendas sobre el mar; mostró especial interés en las leyendas sobre Ernest Hemingway, las cuales escuchó de los pescadores y sirvieron de inspiración para escribir un ensayo que terminó llamándose: Hemingway en la cayería de Romano" - comenta Manuel.
Aunque solo llegó hasta sexto grado se convirtió en autodidacta. Era un devorador de libros de todo tipo. Viajaba a Camagüey para acceder a la biblioteca provincial, pues Nuevitas aún no tenía una. Con humor, su hijo recuerda: "En algún momento él escuchó una frase que se le atribuye a Martí: 'Robar libros no es robar' y al parecer se lo tomó muy en serio. En su chaqueta guardaba uno y lo traía a casa".
Esa pasión por la lectura lo llevó a escribir sus primeros cuentos y participar en tertulias literarias. Más tarde, tras el triunfo de la Revolución en 1959, continuó sus estudios hasta el noveno grado. Nunca dejo atrás sus ansias de conocimiento y, algunos años después, asistió a la Universidad de La Habana en calidad de oyente.
"El reía y decía: No estoy viejo. Yo quiero seguir estudiando, quiero seguir leyendo y escribiendo. Tenía como filosofía de vida preguntar lo que no comprendía, incluso lo más simple. Una vez participó en una conferencia, asistió incluso Nicolás Guillén. En la conferencia mencionaron la palabra 'plequita' y él levantó la mano para preguntar qué significaba. Ante esa pregunta el auditorio se inundó de risas. En ese momento, según me dijo, casi sintió vergüenza, pero luego de oír la explicación aprendió, y eso era más importante".
A medida que avanzaba en su carrera Enrique Cirules fue ganando experiencia y reconocimiento, sin embargo, su trayectoria alcanzó una nueva dimensión cuando comenzó a investigar sobre Gloria City. Entonces escribió el libro que, según su hijo, marcó un antes y un después en su vida.
Durante esa búsqueda conoció a William Stokes, el único que permanecía en la zona. Manuel Enrique recuerda con claridad aquel encuentro: "Cuando llegamos a la residencia de 'el último norteamericano' el hombre le dice: pasa, hace mucho que te estaba esperando. Ambos nos quedamos sorprendidos, yo tenía entre siete y ocho años, lo acompañé en ese viaje. William era ciego. De todos los que vinieron él fue el único que se quedó".
De aquel intercambio surgió la esencia de la obra, nutrido por largas charlas y confidencias. "Fueron días de conversación, no era una entrevista propiamente dicha, sino un intercambio. Stokes le hablaba de su país, sus costumbres y mi padre, bastante entusiasmado con el tema, le contaba sobre el nuestro".
Para Manuel aquel ejemplar fue también el más personal de todos, pues su padre puso en el todo su empeño. "Estuvo días durmiendo en una hamaca. Nadie quería que escribiera sobre eso, intentaron que lo dejara. Él se mantuvo firme en su idea, así de terco era... recibió el apoyo del Partido y del Gobierno, eso sí. Pero era lo que él quería, lo apasionaba".
Siguió visitando Gloria City siempre que podía. La última vez fue pocos días antes de su enfermedad y posterior fallecimiento, cuando participó en un documental dirigido por Isabel Santos. Por desgracia nunca llegó a ver el resultado final.
Enrique Cirules se destacó como escritor, investigador y ensayista, con una producción literaria amplia y reconocida. Publicó más de 20 libros, entre ellos títulos fundamentales como El Imperio de La Habana (Premio Casa de las Américas, 1993), Los perseguidos y La otra guerra, obras que consolidaron su prestigio en la narrativa cubana. Sin embargo, más allá de los premios y publicaciones, su hijo lo recuerda sobre todo como un padre atento y presente.
Siempre estuvo pendiente de su formación educativa. La correspondencia por cartas era una costumbre que él mismo imponía, convencido de que escribir ayudaba a pensar mejor. Aunque Manuel prefería hablar por teléfono, su padre insistía en que redactara. "El problema era que no heredé el don de la escritura", recuerda entre risas.
"En una ocasión, mientras él estaba en Mongolia, le envié una carta. Allí conté emocionado todo lo que había hecho en la semana. Un mes después me llega la respuesta; era la carta que le mandé, corregida. En el frente decía 'Para mi hijo. Ortografía'. De hecho —recuerda, después de una breve pausa— él fue profesor en la Facultad Obrero-Campesina y quien me preparó para las pruebas de ingreso a la Vocacional. Supongo que esa reacción era del profesor que llevaba dentro".
Conserva con celo todos sus ejemplares, cada uno dedicado especialmente. Cada vez que lanzaba una nueva obra preparaba dos con dedicatorias: uno destinado a la familia y otro para la biblioteca municipal Ricardo Cabrero. Ese gesto, sencillo pero cargado de significado, reflejaba su amor por la ciudad donde nació.
Tras su muerte Enrique Cirules fue cremado y sus restos descansan en el mar, el mismo lugar donde comenzó su travesía.
"Él lo decidió así, me lo había comentado años antes; en ese momento yo no sabía que era la cremación, no creía que se hiciera en Cuba, nunca había oído sobre eso. En el hospital, mientras estaba convaleciente me lo recordó, le prometí que lo haría. Poco después, siguiendo su voluntad, dispersé sus restos en la Ensenada del Guincho".
Después de una década de su partida aún siente a su padre como una presencia constante en su vida. Sus palabras, cargadas de una sabiduría que solo llega con la experiencia, sobreviven al tiempo.
"A veces, mientras hago cualquier cosa, recuerdo lo que siempre me decía; casi como si me susurrara al oído: Tienes que ser tenaz, tienes que estudiar incansablemente, tienes que aprender y escuchar. Pero sobre todo, nunca olvides de dónde vienes".






