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Abr. 2026.- En la costa norte de Camagüey, donde el mar se funde con el cielo en un horizonte de límites insospechados, existieron pueblos que el tiempo no ha logrado borrar de los mapas de la imaginación. El Bagá y San Miguel del Bagá son dos nombres que aún palpitan en la memoria colectiva: asentamientos distintos, pero entrelazados en un abrazo por una misma raíz histórica que se resiste a perecer. 

El Bagá nació a finales del siglo XVIII en las orillas del río Samaraguacán. Y al surgir fue para muchas personas puerto, mercado y esperanza. Un sitio próspero donde se escuchaba el bullicio de los barcos y el hablar de los atareados comerciantes, mientras el olor a madera recién cortada impregnaba el aire, junto con el canto de las aves y animales de corral. Pero este hermoso paraíso también fue un blanco continuo de temibles piratas y corsarios, que lo incendiaron una y otra vez hasta dejarlo despoblado hacia 1920. Sus ruinas, hoy tímidas, son el remanente de la tragedia de un pueblo que ardió en llamas.

San Miguel del Bagá, en cambio, surgió como opción viable, un refugio construido desde el corazón en tierra adentro. Allí se levantaron altas y firmes casas de madera, un cementerio con ángeles de hierro y mármol, y una comunidad que aprendió a reinventarse lejos del mar. 

Esta historia está hecha de contrastes. Por un lado el fuego destructor y por el otro, la infinita voluntad de renacer. El amanecer del 2 de marzo de 1801, cuando fuerzas inglesas desembarcaron en la bahía de Nuevitas, convirtió a El Bagá en un infierno de humo, sin embargo, 16 años después el pueblo revivió con un muelle, una aduana y mercados llenos de vida. Paralelamente, San Miguel crecía con orgullo, disputando, incluso la sede de un Ayuntamiento.

En el siglo XIX la prosperidad se tejía en sombreros de yarey, en curtidos que perfumaban el aire, en azúcar y miel que viajaban como embajadores de la tierra cubana hacia lejanos lugares del mundo. Mientras cada carga llevaba consigo el ideal de un pueblo que sabía transformar la adversidad en oportunidad.

Hoy, San Miguel del Bagá es el legado vivo de El Bagá. Sus riquezas patrimoniales son la herencia de un pasado que late con fuerza, porque la memoria de un pueblo, cuando se preserva, se convierte en identidad. Ese sello único sigue desafiando al tiempo y sus olvidos.

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