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Abr, 2026.- Nuevitas no se entiende sin el agua. Bañada por las olas de una bahía inmensa y custodiada a lo lejos por las siluetas de sus tres icónicos ballenatos —esos cayos que parecen cetáceos dormidos en el horizonte—, esta ciudad camagüeyana respira al ritmo de las mareas. 

Es un rincón donde la brisa marina no es un visitante ocasional, sino un habitante más que se cuela por los portales y tiñe las fachadas con el rastro blanco del salitre.

Si uno camina por sus calles empinadas cuando el sol apenas amenaza con salir, el verdadero corazón de Nuevitas se hace evidente. Es la tierra de los pescadores. Hombres de piel curtida por el sol y manos agrietadas por el nylon y la soga, que desafían el viento en sus pequeñas embarcaciones.

Para ellos, el mar no es un paisaje de postal, es el taller, el sustento y el viejo amigo con el que se platica en voz baja. 

Nuevitas es también una ciudad de contrastes. Su pasado industrial y sus chimeneas lejanas no logran opacar esa alma costera y bohemia que se siente al caminar cerca del litoral. 

El graznido de las gaviotas se mezcla con el murmullo de los vecinos que arreglan sus redes en la orilla, recordándonos que, pase lo que pase, este pedazo de Cuba está bañado por el mar.

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