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La Habana, 31 mar.- La selección cubana de lucha aguarda por la aprobación de visas para competir en el Campeonato Panamericano de Coralville, Estados Unidos, del 7 al 10 de mayo, un trámite que hoy condiciona el pulso competitivo de la isla.

En los colchones de la Escuela Superior de Formación de Atletas de Alto Rendimiento Cerro Pelado, el sudor cae como antesala de la gloria, mientras los cuerpos se preparan para una batalla que aún no tiene puerta de entrada asegurada.

La lucha, ese oficio antiguo de agarres y voluntad, sigue siendo uno de los pilares más firmes del deporte cubano, una fábrica de medallas que ha sabido resistir al tiempo, a las carencias y a los silencios del calendario internacional.

El 2026 se levanta como un año de tránsito exigente, con tres estaciones cardinales: el Panamericano, los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Santo Domingo y el Campeonato Mundial, citas donde Cuba intentará sostener su linaje de potencia.

Pero el primer combate no será sobre el colchón, sino en el terreno burocrático, donde la obtención de visas define la presencia en un torneo clave que, además, otorgará cupos rumbo a los Juegos Panamericanos de Lima 2027.

La incertidumbre no ha detenido la preparación; los gladiadores Kevin de Armas, de los 60 kilogramos (kg), el campeón olímpico Luis Orta (67 kg), Daniel Gregorich (87 kg), Gabriel Rosillo (97 kg) y Oscar Pino (130 kg) afinan detalles en la lucha grecorromana, con la memoria aún fresca de podios conquistados.

En la lucha libre, Arturo Silot (97 kg) y Geannis Garzón (74 kg) han buscado roce internacional en China, donde el primero se coronó en la Copa Dahuhu con autoridad, desplegando un repertorio técnico que confirma su madurez competitiva.

Garzón, por su parte, transitó un camino más áspero, pero igualmente valioso, al ubicarse séptimo entre 48 contendientes en un torneo de alto calibre, sumando experiencia en un contexto donde cada combate es una lección.

En la rama femenina, Gresli Bencosme (53 kg), Yainelis Sanz (55 kg) y Milaymis Marín (76 kg) también sostienen la preparación con disciplina férrea, conscientes de que el protagonismo femenino ha dejado de ser promesa para convertirse en realidad tangible.

El recuerdo reciente de los pasados Juegos Centroamericanos y del Caribe San Salvador 2023 actúa como faro; allí, Cuba firmó una de las actuaciones más demoledoras de su historia en la lucha: 15 títulos de 18 posibles y presencia en todas las finales, una barrida que no solo confirmó dominio, sino que rozó la perfección.

Repetir aquella hazaña en Santo Domingo será una empresa compleja, sobre todo en un contexto marcado por limitaciones logísticas y una preparación que, según reconocen sus propios técnicos, apenas alcanza el 50 por ciento de sus capacidades.

La falta de competencias internacionales también pesa como una sombra; sin el fogueo necesario, cada torneo se convierte en un salto al vacío, donde la calidad técnica intenta suplir la ausencia de ritmo competitivo.

Aun así, la tradición empuja. Cuba no compite solo con sus atletas, sino con su historia, y mientras las visas no llegan, los luchadores entrenan como si el combate estuviera a segundos de comenzar, porque en este deporte —como en la vida—, el verdadero rival no siempre está frente a los ojos, sino que se esconde en los obstáculos que intentan cortar el camino.

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