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Ene, 2022.- El bum bumchácata, el vaivén rítmico del viaje y su enorme servicio social hacen al tren nuevitero único y entrañable, incluso a pesar de los duros asientos y las condiciones precarias de los vagones por los años de explotación y el descuido de los pasajeros.

Su figura sólida semeja una serpiente de hierro que se despide de la urbe mucho antes del amanecer y que regresa a resguardarse en la brisa marina al ponerse el sol.

A pesar de la imagen desaliñada de esa mole metálica, víctima del maltrato y la falta de inversiones y mantenimientos, no son pocos los que suspiran aliviados cuando escuchan su pitido en la madrugada acercándose al andén, o al anochecer, en que el regreso de la locomotora augura la seguridad de un viaje el próximo día.

Porque en estos tiempos no son pocas las vicisitudes del transporte, pero el tren Nuevitas-Camagüey se mantiene en pie de lucha para brindar un servicio oportuno y necesario, aunque no escapa a eventuales interrupciones.

¡Cuánta historia albergan las vías que conectan las dos urbes! ¡Cuántas inseguridades y esperanzas de estudiantes! ¡Cuántos besos robados de enamorados en la penumbra de los vagones!

Infinidad de historias podría contar este gigante si pudiera, unas de realización profesional y personal, otras de malos recuerdos de ingresos hospitalarios, pero muchas de expectativas y sueños tras una jornada de paseo y visitas.

Y es que, con sus defectos e incomodidades, es el tren, el de los nueviteros, el transporte confiable y barato que cada mañana se despide de la ciudad para ayudarnos en el viaje por la vida, y al que debemos agradecer un poquito más por su servicio.

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