May, 2021.- Llevo tatuada en el alma la agonía de 16 horas de trabajo de parto, el dolor más abrumador que he sufrido en la vida.

En el vientre tengo la cicatriz de 15 centímetros de una cesárea y en la memoria los tristes recuerdos de días de ingreso tras una infección en la herida.

Soporto en las articulaciones de mis manos las secuelas de la maternidad por los lavados diarios y el peso de un bebé casi obeso.

Cargo en mi cuerpo las estrías y la piel flácida que a muchas nos dejan nueve meses de engordar como un globo, de no vernos los pies, de no poder dormir cómodamente sin buscar alguna alternativa ingeniosa porque no hay modo de aplacar la sensación de asfixia.

Pero también llevo en el alma la ternura que embarga cuando vez crecer a alguien dentro de ti, ¡qué mágica es la naturaleza!

Llevo la alegría de ver su carita por primera vez y reconocer en él al bebé más hermoso del mundo, aunque estuviera morado y sucio de no sé cuántos fluidos corporales.

Recuerdo la cálida sensación de su pequeña boca alrededor de mi pecho succionando la leche materna y el estremecimiento de notar su manito apretando mi dedo.

Tengo el regocijo de escucharlo decir mami al despertarse y de ver cómo me recibe con una amplia sonrisa que derrite corazones.

Vivo con el orgullo de ver cómo crece sin apenas darme cuenta, de cómo aprende a contar y desarrolla su vocabulario, de verlo hacer travesuras insospechadas y de sorprenderme con lo mucho que ha aprendido en apenas año y medio de vida.

Llevo en el alma la plena consciencia de lo que significa amar desmedidamente, con locura, sin prejuicios ni condiciones.

Eso es la maternidad, un amor que crece cada día sin límites, porque cuando creo que ya amo lo suficiente, se aparece mi niño con una sonrisa pícara en el rostro o un mami, mamo, con el que dice cuánto me quiere, y ahí sigue creciendo mi devoción.

Por eso hoy, cuando celebramos una vez más el Día de las Madres, no vengo a decir solo ¡Felicidades, mamá!, vengo a darte gracias, mi niño, por enseñarme lo que es la felicidad verdadera, porque no hay dolor, esfuerzo, ojeras, ni cansancio que opaquen las maravillas de la maternidad.