Todo lo que nos sucede,

incluso nuestras humillaciones,

nuestras desgracias, nuestras vergüenzas,

todo nos es dado como materia prima, como barro,

para que podamos dar forma a nuestro arte.

Jorge Luis Borges

I

El río destilaba en la superficie hilillos de plata. El reflejo de la luna creaba una cresta irregular en la orilla. Sintió cómo una húmeda cortina penetraba en la palma de su mano a medida que sumergía el antebrazo, despertando la apacible corriente de agua a la que iba entregando su cuerpo, tras evocar unos cánticos inaudibles que nacían entre quejidos y balbuceos, asiduos a la pereza de sus movimientos corpóreos: primero el torso inclinado, luego la oscilación de los brazos, cobrando alas al agua, los dedos de sus pies rosaban un abismo más hondo y desconocido que las profundidades del río. El torso se sumía al agua como quien rasga un telón, los brazos ¡nuevamente los brazos!, se sumergieron para animarse a un braceo voraz, como si remos llevase, y los remos ojos, que le permitiesen contemplar un instante más la oscuridad que había amado y que ahora colmaba de rabia y desprecio todo su ser.

La nuca se desdibujaría en el paño tibio de la superficie que reinaba en la noche de luna llena, convencida que por instante descendería hasta ellas para sellar su frente con un beso mortal. Un beso que teñiría de sangre el rastro fértil de su cabeza cubierta por completo bajo las aguas, donde afloraría, acaso por una virtud inocente, su hermosa y espesa cabellera, como un barco que naufraga con la esperanza de encallar en un sitio lejano, muy lejano…

II

Tínima, Tínima, Tínima… Susurraba la brisa, cerca, ¡muy cerca! Tanto, que parecía asignar sus secuelas en mi piel. Esa mañana desperté de aquella pesadilla infernal con un dolor de cabeza enorme. La Casa de Huéspedes sería lo suficientemente confortable como para satisfacerme al punto de la inhibición del presente, seduciendo mi consciencia, a merced de la vasta intención involuntaria, resarcida en mi naturaleza esotérica para que aquel sitio solariego y enorme, dotado de habitaciones y salones que cada uno sobrepasaba el tamaño de mi casa, la llenasen de brío para trascender en el tiempo a través de otras vidas.

Debo confesar que soy una persona ajena a los gustos y costumbres de la sociedad de mi tiempo, la era moderna como algunos le suelen llamar, postmodernidad otros, atribuyéndole una etiqueta, saturable a la gama de tendencias modernas con las que se emancipó el pensamiento cultural moderno a principios de siglo veinte, cuyos destellos procedían de las últimas décadas del siglo diecinueve que a la postre, engullida en las ínfulas pretensiosas del racionalismo que asumiría en la razón la semilla del origen y continuidad de la existencia humana, y que  a mediados del siglo veinte se prolongaría en un existencialismo filosófico tan exacerbado y seductor, como desorientado y hasta falto de sentido común, con lo que el hombre es y piensa, pues considero que las respuestas de la existencia no son todas nuestras, y precisamente en ello radica el equilibrio del pensamiento artístico en contraposición al intelectualismo, por así decirlo, al desarrollo creativo del arte.

Ese campo desconocido e inexplorable en su totalidad por el artista, y que resulta de inútil acceso a la razón, es lo que a fin de cuentas ofrece frutos al árbol de la sabiduría para enriquecer a las sociedades con su arte y tradiciones culturales. A excepción de Freud, todo intento durante las corrientes intelectuales del modernismo, por darle explicación y respuesta donde no las hay, si bien fueron atractivas, gozaron de cierto carisma y novedad para la época,  han sepultado su corpus en este siglo veinte y uno,legándonos el retorno a la sombra y las atmósferas lúgubres, del romanticismo oscuro de siglo anteriores.

Razón primaria por la que hoy, no debería atormentarme el recorrido visual del ocaso que rompe su mejilla en el marco de la ventana, hacedor de una niebla que le apuñala la espalda y que en mi premura por enceguecer tan atroz escena, de un zarpazo la ventana cierrey mi otra mano estreche, procedente de una figuración aún más poderosa, el humedecido rastro de aquella abundante cabellera negra que no cesaba de contemplar ensimismado segundos después de arrojarla al suelo. 

III

El lodo se recogía en las botas del español. Clavó de punta la espada y con suma languidez el sudor de su frente secaba. Uno de los hombres que le acompañaba se rascó la barba ante el ronroneado acecho de los mosquitos. Se volteó a ver los semblantes de sus hombres que caían como el peso de la cruz.  La luna se alzaba entre los arbustos, proyectando deformes brasas de fuego unos metros adelante. El español evocaría un álgido suspiro y con energía renovada desenclavó la espada ordenando a su tropa seguir adelante.

A medida que avanzaban las pisadas se hacían más sonoras, trastocándose con el eco ensordecedor que sacudía las arboledas, erigiéndose en la tierra una renovada sacudida que se alimentaba del abismo, y que mutilaba el equilibrio de los españoles en su avance furtivo. Ante los ojos del español al mando se oficiaba el ritual de la tribu indígena, profesándole el debido respeto, se arrodillaban alrededor de una enorme cruz de madera. Una punzada de sangre inquietaba los ojos del conquistador español. A ciegas, hundió la espada en la tierra y dejó apoyar su cuerpo por unos segundos.

-Narváez, ¿señor, se encuentra bien?

Se le acercaba el grueso sujeto de barba rojiza que no cesaba de rascarse la barba, mirando con recato la hierba mala que adornaba el trillo baldío, pensando que su jefe había sido víctima de la mordedura de una culebra. Narváez abría los ojos, aun le ardían, no obstante consintió con orgullo la fidelidad que le tributa su segundo hombre al mando. Conocía el descontento de la tropa, pero mientras su lugarteniente estuviese de su lado, no existiría la menor posibilidad de que se le insubordinaran. Devolvió la vista al frente, tras negar con un gesto su malestar, no sería recomendable que notasen la fatiga de su cuerpo, un jefe español, en todo momento debe mostrarse fuerte ante su tropa, un jefe es el representante de su santísima majestad en estas tierras primitivas, y por consiguiente el emisario de dios en una región primitiva que requería de la conquista de una civilización provista de buenos modales y cristianas tradiciones.

Por eso abrió los ojos tanto como pudo, se daba sacudidas de cabeza tras empuñar la espada y ordenar el avance de su tropa, esta vez sin el menor recato, bajando la cabeza para evadir la cruz de madera y a su vez la advertencia de su mano derecha, sobre el posible acecho de culebras y pitones. Con la cabeza gacha y los cánticos de los indígenas destrozando sus oídos, aun así le fue posible a él y su tropa, se aproximasen a poco más de tres metros de los indígenas alrededor de la cruz, un poco más allá la hoguera se erguía como alimentada por la garganta de un dragón, emanando en los ojos de Narváez las mejillas de los indígenas teñidas de sangra.

Otra vez cerró los ojos, sacudiéndose la cabeza mientras sacaba la espada, no quería, bajo ningún concepto pretendía hacerse con la imagen del cacique que había asesinado durante su primera batalla de conquista. Su segundo al mando se adelantó con espada en mano, adivinando la reacción del indígena de complexión atlética quevenía a su encuentro, lanzando un escupitajo al suelo, como si marcase una línea divisoria. De un lado estaban los conquistadores, del otro los indígenas ante la sagrada cruz de madera que hurtaron en símbolo de la matanza el día anterior. La noche se erigía lenta y pesada. No corría una pizca de brisa.

La llamarada de la hoguera formaba gigantescos brazos que se perdían en el ciego manto de la noche, con la pretensión de acariciar los pies de la luna. Narváez abría los ojos, y en su prematura visión fecundó la imagen impiadosa del indígena abalanzándose con lanza en mano. Una lanza confeccionada, acaso con los lunares de la luna. ¿Cómo sería posible tan irrisoria visión? Se lo atribuyó a la fatiga y sed de ir y andar en la selva como una bestia común. Volvía a sacudir la cabeza. Cada vez olfateaba con mayor peligro el rabioso olor del indígena. Una visión le poseería. No tenía la menor duda que se desataría un incidente fatal. ¡Ah, otro más! ¿Cómo demonios sería posible?

IV

Esa mañana me vestí tan rápido como me fue posible. No quería escapar del colchón que se sostenía en los balaustres de hierro cosido como una araña enorme. No pretendía escapar de la sombra que se dibujaba en lo alto del dosel, quizás una energía más altiva conjuraría sus horrendos rezos en las inocentes ranuras de la pared. Quizás las huellas en el suelo de esos otros que reposaron en esta habitación, suponen el vestigio alarmante de una deuda eterna con el tiempo, y esos ojos que lucen su mirada sañosa en los retratos costumbristas que circundan los ventanales con esa expresión sombría que suponen el óleo desteñido ante el aviso de cortinas que a buen recaudo les suplanta. El temor de ser arrojado a un lúgubre desván, el pánico de que otra pieza, acaso más corriente, le sustituya, le sepulte y olvide, esa sensación es lo que tanto pavor causa, el terror de la fragilidad ante todo lo que nos rodea, de comprendernos un objeto inmóvil, uno más entre tantos otros, un objeto innecesario, un objeto que desconoce los objetos, hasta el punto de ignorarse, causa un temor espantoso, embriagador, un temor aún más horrendo que el precio visible dela muerte. De todo eso quería escapar.

Quería escapar de mí pensando que allá afuera, entre transeúntes de rostros ajenos, entre pisadas firmes de adoquinados senderos, entre los pregones, la holgazanería de la rutina, y las irregulares pinceladas de la brisa, dando de lamer al rocío, sería posible reconocerme, ¡reconocerme entre tanto rastro diverso! Animar la sombra indulgente que me acompañaba desde las fachadas de las casonas coloniales desdibujando un trazo, como si fuese una tiza sobre pizarrón escolar, mientras escapaba de esa otra sombra mucho más sobria y frágil que me resumía.

Detrás quedaría lo reconocible. El pavor iría sepultándose en un rincón visible a mis pensamientos a medida que mi sombra se iba diluyendo en el fuego letal de luz que se abría parsimoniosa en el cielo. La mano derecha pellizcaba el vacío, con la desconfianza de llevar en su regazo la imponente cabellera.

V

Se tocó la mejilla tras descubrirse los ojos. La sangra bañaba su botas. Bajo el casco que cruzaba su cabeza se ocultaba un hilillo de sangre que subía a cuenta gotas desde su mentón. Verosímil vestigio de la sangre indígena que había sido cobrada por la espada de su segundo hombre al mando. Se volteó a mirarle tras rascarse la barba con recelo. El indígena parecía una alfombra desnutrida a sus pies. Hubo un instante de quietud, los ojos de Narváez, muestra ahora de un reflejo racional, se esgrimía entre las miradas absortas del resto de la tribu. No existía el silencio.

 El silencio se abrazaba a las llamaradas de la hoguera, formando una corona en lo alto donde aún se hacía visible, antes de entretejerse a la insondable corteza del cielo que descendía levemente, llenando el vientre del vacío con su indescifrable oscuridad. Narváez instó a un grito que se ahogaría en su consciencia, seguido de la codiciosa espada que empuñaba como con el cólera del legionario. Donde apenas se visualizaban los cadáveres sangrientos que reposaba en el tiempo, tal cual un fértil vestigio sonoro, ¡muy fértil!, de lanza astillándose contra el acero de las espadas, de la pólvora salpicando el viento, de canticos tribales, murmullos agraviantes, y moribundos quejidos, persistiría en el campo ciego de su memoria, por el resto de la existencia.   

VI

A esa hora de la mañana, la luz se abría en la Villa de Puerto Príncipe como pomposo abanico de tertulias cortesanas sobre los tejados de la ciudad, mostrando sus tejados un enorme telón sangrante que seducía a la visión más ingrata. Subí por una escalerilla situada en el fondo del traspatio. Luego de andar y desandar sin destino concreto por las callejuelas de la Villa, retorné sin remedio al punto de origen. La casona se abastecía con un silencio singular, me asistí en su desnudo eco para cobrar auxilio en las alturas.

La dueña de la casona, el día de mi llegada, me había advertido de la ruinosa escalera. Útil para revelar fotografías, la generación que heredó el palacete tras el período colonial. Algunos de sus miembros practicaba la fotografía y no por pura afición, sobrevive el hedor a química sobre el cascajoso lavadero del cuartillo. Inhalo con absoluta libertad la brisa que alimenta mis pulmones, una vez traspasado el marco carcomido que apuntala la puerta de dos hojas. Ya estoy, lo dije antes, ¿no lo recuerdo con exactitud? Con los codos hincados al muro de la cornisa que forma una herradura en el tejado de la casa.

La vista, ¿no sabría definirla con precisión? La vista es espléndida a pesar del exceso de luz. Los tejados vecinos, ¿recuerdo la metáfora anterior? No brindan a mis ojos la menor hostilidad. Muy al contrario, a pesar de su sangre unificada, una sensación de paz se recoge en mi interior, e incita a cerrar los ojos. ¡Sí!, podría caminar a ciegas en el tiempo desde una altura tan divina. Los sitios elevados hacen que nos encontremos más cerca de dios, y que los demonios dentro, desaparezcan como un mal sueño...

Nuestro espíritu se adosa a otro cuerpo y sentimos que por fin hemos renunciado a pertenecernos, que la paz será eterna, porque adolecemos a toda conquista terrenal, que los mágicos designios de la naturaleza conspiran, hoy, esta mañana, o noche, no importan las horas, tampoco sus colores, para que la madre natura abra la boca donde penetra la lengua de la luna y murmura el canto surtidor de la indígena, hermosa como una Venus, muestra de una desnudez inaudita, sus senos nacen como botones de rosa en las raíces de su pecho, el torso se descubre entre el tenue resplandor que recoge el río como un plato de pulida porcelana, ¡lleva un pesar muy hondo!¿Puedo sentirlo? Lo veo con la claridad pasmosa que encierra la certeza de mis ojos ante la petulancia extrema de un tiempo ya sin tiempo, lleva una corona de espinas que retira de su cabeza, desanda a su lado como un barco de papel en aquellas aguas tranquilas que le recuerdan al cacique asesinado.

La cruz, la cruz de madera, el cántico de su tribu, y los cadáveres ensangrentados a la cuesta de unos pies que no consigo vislumbrar del todo, me impiden abastecerme de la paz ansiada. ¡Quiero abrir los ojos…! Y lo consigo. Mis codos permanecen hincados al muro de la cornisa, como si también lo hiciesen sobre los sangrientos tejados. ¡Esta ciudad guarda muchos secretos! Demasiado peso para una sola consciencia. Me digo y renuncio a la brisa satisfecha en mis pulmones. Desciendo por la lerda escalerilla agregándole otro soplo de torpeza a mis pies y la respiración nutrida por la química oculta en los poros de las paredes.

VII

Debe ser mediodía ya mediodía La señora de la casa me espera en el comedor con el almuerzo servido. Pone expresión de quien adivina la respuesta a su propia pregunta. No sé si por pura petulancia o es que mis pensamientos son tan trasparentes que coinciden sin menor esfuerzo a lo que espera escuchar. Me pregunta si he venido a encontrar lo que buscaba. No sé lo que busco la verdad. Pero estoy seguro que una cosa es sentirte parte de otro tiempo incitado por la evidente atmósfera colonial y otra muy distinta, la extraña sensación de ser otro, o lo que es peor; ser nada. No recuerdo lo que le contesté. Como dije antes, mi semblante era transparente.

Almorcé a la medida y me fui a recostar a la habitación. No tenía de otra que retornar a aquellas cuatro paredes que me parecían un sobrio ataúd. La suela de mis zapatos se quebraba entre mis ante un paso novedoso. Una sola imagen resumía mis pensamientos. La sensación de la cabellera negra atenazarse entre mis dedos, viéndome junto al marco de la ventana, con la vista inerte, hincada al horizonte. La mano parecía más gruesa y los dedos entumecidos. ¿Era yo quien reparaba en su forma, ajeno a la escena junto a la ventana? ¿Era yo en verdad o solamente se trataba de mis ojos? Sea como fuera, servían para dividir la ínfima línea existente entre el mundo depurado a lo real, y la manija de la puerta que sellaba la habitación, ocultando cuánto misterio ajeno al sentido racional de la relatividad humana, conferían sus extrañas y caprichosas energías. Debí permanecer unos segundos sumido al desconcierto, a la duda incomprendida, y al alivio de mi mano cuyos dedos piadosamente la sangre comenzaba a circular.

Recibí con gratitud el aire juguetón en los hoyos de mi nariz, como si aquel espacio estuviese marcado por una indescifrable ventana exterior. Recosté la espalda alimentado de energía positiva. ¡Lleno, ardiendo de luz en mi interior, me abrigó una tranquila sonrisa! Mis ojos rebuscaron el frente, dado la postura de mi cuerpo que parecía una espada hincando el barro de aquel oficial español. De súbito, percibí la picada de un mosquito en mi barbilla. Me rasqué con una rabia desconocida, como si no fuese mía aquella actitud desenfrenada.

Mis piernas buscaron el equilibrio en el medio del pasillo tras la austera inclinación del torso. Alcé lentamente la cabeza, víctima de un presagio. Pensé primero en el reflejo certero de la señora de la casona durante el almuerzo. Luego mis ojos se quedarían pasmados ante el inmenso cuadro que colgaba de la pared, mostrando una escena idéntica a la que visualicé en la terraza de la bella indígena que sacrificaba su vida a las aguas del río.

Me pareció recordar que durante mi llegada, la señora de la casa me había comentado sobre la leyenda de la princesa Tínima y el asesinato de su padre, el cacique de la tribu, ante el sufrimiento y la negación de desposarse con el conquistador español que le había asesinado. «Cuentan que cada tarde emergía de las profundidades del río su llanto y la cabellera de la princesa aclamando justicia.

Cuentan que la maldición aun nos acompaña. Desde el mil seiscientos dieciséis ha suscitado más de una catástrofe en los caseríos cerca del río. Una maldición que se ha ido expandiendo hasta el centro de la Villa.» Liberé una tranquila carcajada. El cuadro lo debí haber visto en algún momento anterior que mi memoria no sabría precisar y aquellas imágenes se debían a la sugestión que provocaba las palabras de la señora.

Todo estaba explicado. Pura invención que nos juega una mala pasada a una naturaleza aventurera e idílica como la mía, afanada en entregarse al credo de la reencarnación como una vía de escape a su amarga y rutinaria existencia, una imaginación capaz de recrear, una vez más,  la corona de espinas que la princesa retiraba de su casa y naufragaba a lo largo del río, sin que le resultase traumático, no en esta ocasión, cuando los sucesos se asumen desde la plena concesión del mito, que… Por un segundo las pupilas escaparon de mis ojos. Había recuperado la postura anterior, de modo que penetraron el óleo como dardos.

¿La corona de espinas, dije? La pintura mostraba una cabellera que navegaba a su costado. De súbito retornaba aquella extraña sensación en mis manos. El corazón me latía agitado, y el aire se filtraba en mis pulmones con dificultad. Mi cuerpo estaba envuelto en un paño de sudor, quebrando mis piernas que un instante después se arrellanaba en el suelo. La señora de la casa debió venir en mi auxilio. Reconocí las pisadas de sus tacones.

Llegó hasta mí, llevándome las manos a la frente. Creí escuchar su lamento al percibir mi cuerpo ardiendo en fiebre. Hizo un esfuerzo para que me pusiese en pie, pero, yo… yo solo insistía en la entumición de los dedos de mis manos. Con la otra arrastré mi cuerpo, apoyado del brazo de la señora. Me ayudó a recostar la espalda a la pared frontal.

A pesar de que los dedos de mi mano continuaban engarrotados, sentía que la sangre comenzaba a circular. Se puso de pie para ir en busca de un doctor, pero le detuve. Necesitaba preguntarle, porque yo… yo no me atrevía siquiera a mirar, si la cabellera… me había desprendido de su maldita cabellera. Pero vislumbré en sus ojos la misma expresión de certeza que durante el almuerzo, cuando me preguntó si por fin había hallado en la Villa lo que buscaba. Parecía aferrada en responderse a sí misma. En sus ojos discernía el reflejo de mis pensamientos. Un reflejo que de veras, le resultaba transparente.