Ene, 2021.- Rolando Escardó (1925-1960) era un joven autodidacta que amaba la poesía. Con sus flacas manos escribía sentidas prosas que llegaban al alma y al corazón de quienes las escuchaban o las leían. Cuando falleció en el trágico accidente automovilístico, el 16 de octubre de 1960, vestía el uniforme verde-olivo del Ejército Rebelde.

Distinguió por su poética de indagación en las contrariedades humanas y el entorno social. Sus textos son de gran riqueza en la creación de imágenes. Era un ser bondadoso «[…] fiel de la poesía, de la miseria y el compañerismo», como lo calificó el escritor René Batista Moreno .

Dolores Escardó de la Peña, la madre del poeta, en 1969 tenía unos 70 años de edad cuando el escritor Samuel Feijóo la fue a visitar en su casa en la ciudad de Camagüey. Era una mujer gruesa, de baja de estatura y ojos grandes y muy negros. La anciana le preguntó:

–¿Quién es Zeus? ¿Acaso Alcides Iznaga? ¿Aldo Menéndez, o tú? ¿Y por qué Zeus? ¿Quién es ese poeta cienfueguero al que Rolando quiere mucho?

Feijóo sonrió:

–¡Yo soy Zeus, Dolores. Le voy contarte por qué Escardó me dice así.

«Lo conocí a mediados de los años de 1950, en un cuartucho del poeta Fayad Jamis, en Salud 68, altos. Creo que él vivía allí también, y los dos se estaban muriendo de hambre. Escardó me leyó sus poemas un poco apenado, con mucha modestia. Y me di cuenta que era un poeta en todo el sentido de la palabra, con una poesía muy personal. Y le pedí algunos para publicarlos en las revistas Ateje y Faz, y me entregó los poemas de la Plaza del Vapor, que poco después vieron la luz y fue una gran revelación.

Hasta ese momento Escardó no había publicado nada, y se sentía muy agradecido por lo que yo había hecho por él. Fue tanta su alegría y su entusiasmo, que de ahí salió la idea de publicar una Antología de Poetas de la Ciudad de Camagüey, pero él quería que yo ordenara el material, que hiciera la introducción y dibujara la cubierta. Eso fue en el año 1956, y la antología llegó a editarse en enero de Dos años de larga lucha, de intenso trabajo, de chismes, de intrigas pueblerinas, del dinero que no se completaba nunca para pagar la edición. Escardó sufrió mucho, era el alma y la vida de ese proyecto. Se terminó al fin. Se publicaron ejemplares, el texto no sobrepasaba las ciento treinta y pico de páginas.

El domingo 17 de febrero de 1957, como habíamos acordado, Escardó se apareció en Cienfuegos con los poetas Joaquín Enrique Piedra, Luis Suardíaz y el chofer del gilma en que viajaban, un carrito chiquito. Fue muy de mañana y tocaron a la puerta. Y oí, desde mi cama, que Escardó me decía: Zeus! Zeus! a usted venimos que es escritor de prosa sencilla, clara, y de ojos que elige como su prosa, a que nos coleccione en libro, y que eche sobre nosotros la bendición de sus truenos. Y me soltaron allí un mamotreto de poemas de más de dos kilómetros de altura, y de millones y millones de versos, y de trillones y trillones de palabras.

Esto, sinceramente, me aterrorizó, me dejó sin aliento y todo destimbalado. Hablamos mucho, nos leímos poemas; luego me los llevé a almorzar al Covadonga, para que comieran una buena paella.

Pasamos un buen rato, nos sentíamos todos muy alegres, me simpatiza.

Antes de irse, de regresar a Camagüey, Escardó se me acercó y me dijo:

–Zeus, ¡qué suerte la de haberte conocido! –Y se fueron.

Me di cuenta que el tratamiento de Zeus era algo muy personal, muy emocional, porque tengo en mi poder muchas cartas de Escardó y en ellas nunca me llamó Zeus.

De allí nos fuimos, muy apresurados, hasta el hotel donde se hospedaba. Fina y Cintio Vitier lo esperaban para almorzar. Ya en el lobby me dijo que no iba a salir más de la habitación, que tenía que redactar las palabras de clausura del evento y revisar algunos materiales que le habían llegado para publicar en la revista Signos».

Escardó atraía a quienes los rodeaban… pintaba el contexto que vivió con palabras y el pincel. Era un apasionado a la obra y el pensamiento de José Martí. Lo demostró al fundar en la provincia agramontina el grupo Los Nuevos, que publicó una selección de versos de Martí.

Roberto Fernández Retamar dijo que «reconcentrarse, hundirse hasta perderse, parecía ser el destino» de Escardó.

Fue capaz de escribir sentidos poemas como Fuego negro:

Tus ojos me hablan de extraños mundos
a los que no he viajado
ciudades
sitios aislados
fantasmas míos
que reconozco huyendo
de tu abrazo.
Bien mío
estrella
signo que vienes a este valle de lágrimas
quién podrá detenerme
quiénes se atreverán.
El filo de mi puñal brilla en tus ojos
de plata
oh alma,
en tus ojos de plata hechos para mi deleite
de instante en instante.
¿Cómo es posible
cómo pueden ser tan posibles estas cosas?
Ni yo mismo comprendo lo que me trajo
ni lo que me arrastra
mas entiendo esas realidades que me espantan
o acaso entiendo que este valle de lágrimas
no es mi casa.
Pero tus ojos me hablan de esos extraños mundos
a los que no he viajado
oh estrella
fuego negro que me matas.

A Escardó lo seducía Camagüey, la «suave comarca de pastores y sombreros», de otro gran poeta de la ciudad: Nicolás Guillen. Como a Guillen le llegaba «el sollozo del viento», que besaba la urbe de «piedra secular» tapizada de adoquines.

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