La Habana, 24 may.- El 19 de mayo de 1895 comenzó bajo el signo de la alegría entre los patriotas cubanos reunidos en la finca de La Vuelta Grande. Era aquella una zona llana de altas yerbas gracias a las numerosas lluvias de días atrás, en las cercanías de río Cauto, el más caudalosos de la isla.

A aquel lugar del oriente de Cuba marchó bien temprano en la mañana Martí, el Delegado del Partido Revolucionario Cubano, con los 12 hombres que le escoltaban más alrededor de 200 bisoños soldados de caballería bajo la jefatura del general Bartolomé Masó, uno de los iniciadores el 10 de octubre de 1868 del alzamiento que inició las luchas contra el colonialismo español.

Poco después arribó Máximo Gómez, el General en Jefe del Ejército Libertador. Esas tres importantes personalidades iban a intercambiar acerca de la conducción de la nueva guerra, en la que se debían evitar las divisiones y otros errores que dieron fin a las dos contiendas anteriores.

Gómez dio órdenes para resguardar el campamento y mientras esperaban el almuerzo los tres jefes arengaron a la tropa. El entusiasmo patriótico se elevó con las palabras de Martí, orador de imágenes atrevidas y de hondura de ideas. Fue aquel su último discurso en los campos insurrectos. Los largos aplausos y los gritos de apoyo indicaron que, como siempre, su palabra ganaba las batallas de ideas.

Terminado el acto patriótico se oyeron disparos y una patrulla montada avisó de la cercanía de fuerzas enemigas también acampadas. Gómez ordenó subir a los caballos, dijo a Martí que quedara atrás, y en tropel, enardecida y en frenética carrera salió la tropa en busca de la columna española.

La avanzada, con el General en Jefe al frente, cruzó el río Contramaestre, crecido entonces, mientras Martí, algo a la zaga, cabalgaba con dos ayudantes del general Masó. El Delegado, nombrado mayor general días antes, sabía que su deber era entrar en la pelea, convocada por su palabra y sus actos: no podía ni quería defraudar a sus seguidores que avanzaban sobre el enemigo.

Revólver en mano, tratando de acercarse a la vanguardia que ya destrozaba una avanzada española, Martí y uno de sus acompañantes se aproximan, sin saberlo, a una escuadra enemiga oculta en la alta yerba, reciben sus disparos y Martí cae muerto de su cabalgadura. Era poco después del mediodía y murió de cara al sol, como dijo en un poema que quería morir. Por allí el Contramaestre une sus aguas al Cauto; por eso el lugar se llama Dos Ríos.

Los patriotas no pudieron recuperar su cadáver a pesar de hostigar al enemigo que se batió en retirada. Un mausoleo guarda sus restos en la ciudad de Santiago de Cuba, y en Dos Ríos una explanada y una columna recuerdan al que finalmente ganó la gran pelea por Cuba libre, independiente y soberana.