May, 2020.- Temprano en la madrugada, con los primeros cantos de los gallos Armando Suárez se despide de su esposa e hijos para zapar a alta mar. Los pequeños, soñolientos, le devuelven los besos y abrazos al pescador.

Durante más de 200 días, de los 365 que tiene el año, lleva la nostalgia por el espacio que deja ese ser querido que se expone a vientos y mareas. La añoranza del calor de la vida cotidiana. La familia siente el peso de la ausencia.

Muy próximo a las aguas del Caribe estaba el hogar, a solo cincuenta metros de la rivera, construido con tablas de embarcaciones encalladas en las costas sureñas, hasta que se mudaron a un nuevo apartamento a tres kilómetros de la ribera.

En Playa Bonita quedó la armazón de la vieja vivienda devastada por el huracán Paloma y en el puerto el esqueleto de un ferrocemento, que cientos de veces rompió con la quilla las olas de los Jardines de la Reina.

El pescador nació cuando Playa Bonita aun no contaba con el muro de hormigón erigido a principio de la década de 1960 que separa la tierra del mar, para que en tiempos de sudestes el agua no penetre en el caserío.



La historia comenzó hace más de 25 años, en pleno Periodo Especial (crisis económica en Cuba años '90' del pasado siglo XX), cuando María Victoria sintió por primera vez ese vació en su corazón pocos meses más tarde de contraer matrimonio, pero comprendió lo indispensable de esa ausencia que se prolongaba durante 20 días en un mes.

A decir del escritor portugués Gabito Nunes la ausencia del «vivir para encontrar en la mirada de una persona en todos los rincones improbables, confundir cabellos, bocas, perfumes. Sonreír con los labios con el corazón sofocado».

Ella lo comprendió en medio de la felicidad y la contradicción lógica de una pareja. Durante casi toda su juventud, en las tardes tranquilas, se sentaba en el malecón a mirar al suroeste, observar el mar y el horizonte con la añoranza de ver acercarse el barco pesquero de su esposo.

Aracelis era entonces la más pequeña de los tres hijos del matrimonio hace más de 25 años. A ella también le faltó muchas veces el calor y el cariño de su papá –pescador-, aun así sentía una gran felicidad de una niña alegre en cada regreso de su padre, a quien abrazaba y besaba tras más de veinte largos días.

Esta historia se repite en cientos de hogares de familias de pescadores de Nuevitas y Santa Cruz del Sur, donde la retaguardia de los hombres de sol y salitre está asegurada.

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