Abr, 2020.- Los cubanos jamás habíamos vivido tiempo tan difíciles como los de ahora cuando la epidemia del Covid-19, causada por el SARS-CoV-2 que enlutese miles de hogares en el mundo (+ 98 % de las naciones).

Ni los tiempos difíciles del Período Especial (crisis económica recrudecida en los años 1990), nos privó de las calles, de la sonrisa abierta, del humor para burlarnos de los problemas y de las amenazas del Norte.

Por primera vez en los últimos 60 años nos vemos obligados a estar aislados socialmente, erradicar las fiestas que forman parte por excelencia de la idiosincrasia cubana y evitar los abrazos para no contagiarnos.

Jamás imaginábamos que nos veríamos obligados a ocultar parte de la fisonomía, pero no la alegría que expresamos con brillos en los ojos.

Como me escribió mi colega Yanet Lago Lemus: «Cuando venzamos la epidemia vamos a retomar las caminatas y trazar planes. El plan magnífico de volver a una rutina que antes no valoraba. Eso: palabras para expresar abrazos y planes que besen las almas.

 [...] Grandes planes que asoman a mi cabeza todo el tiempo. Te juro que apenas esto acabe vamos a reunir a los amigos para celebrar; cuándo todo termine podré abrazar a mi sobrino que cumplió un mes y ya las fotos no me bastan.

[...]  Ahora obligo a sus padres a poner el teléfono cerca de la cuna para escuchar los sonidos que hace, cada uno más lindo que el anterior...y le hablo, y le canto, para que reconozca mi voz cuándo esto pase y pueda ir a verlo».

En medio de estos tiempos de oscuridad provocados por la enfermedad nos vemos precisados a evitar visitas a familiares y amigos para evadir  esta pandemia que está azotando la humanidad.

Es un enemigo invisible que no tiene rostro y que puede estar presente en las calles y nos impone la moda indispensable de llevar nasobucos. Tiempos en los que los besos se sustituyen por aplausos, justamente a las nueve de la noche, la hora del cañonazo en La Habana.

Pero el virus SARS-CoV-2 multiplica también espíritus que están siempre presentes en los cubanos de propagar solidaridad, especialmente en tiempos de tinieblas.

En el infortunio tendemos las manos y mostramos luz de esperanza con acciones reales como las que forjan en diferentes naciones de Asía, África, Europa y América Latina los médicos de la mayor de las Antillas.

Cuba es una nación sociable y auténtica, cuyo pueblo por naturaleza, siente la desgracia y el dolor ajenos, irradia luz y esperanza, en lugar de medidas punitivas que recrudecen el sufrimiento.

Lo aprendimos del Héroe Nacional, José Martí, quien fue consecuente con su pensamiento: «Ayudar al que lo necesita no sólo es parte del deber, sino de la felicidad».  

El mundo agradece la luz que irradia la Isla, y en especial la ministra italiana de la Administración Pública, Fabiana Dadone, calificó de extraordinario ejemplo de solidaridad y colaboración de Cuba para combatir la Covid-19 en la región de Piamonte. «Haga cada uno su parte de deber, y nada podrá vencernos», afirmó en su tiempo José Martí.

El coronavirus no ha tronchado los sueños. Cuando venzamos la epidemia que consume a la humanidad vamos a volver a escalar montañas, a darnos abrazos,  a seguir siendo solidarios y trazar planes «que besen las almas».

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