Dic, 2019.- Fue un amor de esos que nacen de la nada, a primera vista, de la admiración precoz por un hombre que majestuoso enamoraba con la calidez de la palabra, la impecable presencia, la mirada y sonrisa tierna a los niños, la voluntad por devolver a uno su Patria, su familia, su escuela.

Recuerdo entre nostalgia y orgullo el sentimiento escondido tras cada beso y abrazo profesado con sus gigantescas pero delicadas manos a los pequeños que, como yo, ansiaban tenerlo cerquita para saludar al amigo, al personaje real de una historia inherente.

Así se tornó cotidiano, presente en cada obra de la Revolución Cubana, en las mañanas de miles de infantes uniformados, en el andar agitado de jóvenes hacia las aulas universitarias, en el orgullo de cientos de profesionales y obreros con metas y sueños cumplidos o por cumplir.

Lo recuerdo firme en su tribuna, en la cercanía que tanto anhelé, en el texto inmortal de su presencia, en la entrevista viva de su historia en las cien horas con Ignacio Ramonet, en la letra de Cabalgando y en esos laureles y olivos reverdecidos de Raúl Torres.

Vivo en los logros de un país, en la solidaridad con sabor a isla que a tantos pueblos del mundo devuelve la esperanza, en la gratitud de millones de personas que reconocen en el estadista el gran ser humano.

Y es que eso es Fidel Castro, la Cuba que renace en su gente, en el ideal que nos hermana, en la tierra que nos abriga y regala a ese hombre irrepetible que ni la muerte pudo eclipsar.

Hoy sus ideas son el escudo más resistente de los cubanos porque como nos enseñó valen más que trincheras de piedras. Vive en la inmortalidad de su legado, en la memoria que lo aguarda más que a un hombre universal como un entrañable líder y amigo. Hoy vuelvo a ser niña y lo recuerdo como mi Fidel.

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