Oct, 2020.- Redactar es exponer por escrito, en una secuencia lógica, las ideas sobre un tema específico que una persona desea compartir con un público lector. Debe quedar claro que las ideas no se elaboran en la mente del emisor, ni son interpretadas en la del receptor, como “estructuras morfosintácticas”, sino como significados semánticos, pues los hablantes no procesamos cognitivamente la información razonándola mediante categorías gramaticales; de modo que una pretendida “conciencia gramatical morfosintáctica” no es intencional ni en emisores ni en receptores. Ello constituye un principio universal constatable.

Lo que sucede en la realidad de toda interacción sociocomunicativa es que los seres humanos, de modo intencional, sí construimos e interpretamos los significados semánticos de un mensaje. Nadie decide la comunicación así: “A María voy a explicarle, mediante una oración subordinada, que no estoy de acuerdo con su criterio sobre la tala de árboles”. Quizás no ocurre de ese modo porque la velocidad del pensamiento humano es superior a la de su expresión lingüística. [1]

Los hablantes, en cualquier idioma, pensamos y transmitimos intencionalmente significados semánticos; es decir, contenidos de información que son elaborados y captados como ideas temáticamente concretas en cada caso. Apreciemos el siguiente ejemplo: Los campesinos encontraron una épsula en la calle. Tenemos una oración gramaticalmente clara pero de significado semántico oscuro mientras no sepamos qué es una épsula, lo cual pone de relieve la preeminencia del concepto. ¿No resultaría entonces más efectivo enfocarnos en el plano del contenido de las ideas-información que las personas intercambian en sus interacciones sociales cotidianas?

¿Cómo los individuos comparten sus ideas, sus emociones o sus conocimientos? Lo hacen por medio del habla oral o escrita, que es la vía neurolingüística para la plasmación social del pensamiento. El lenguaje, en tanto capacidad humana, es solo la potencialidad de emitir sonidos articulados, sonidos que han sido codificados en un sistema-lengua: estructuras con fonemas y signos gráficos organizados dentro de una normativa gramatical por cada sociedad humana, denominado lengua o idioma. De ahí la diversidad de idiomas que son hablados en el mundo. Al uso práctico de una lengua se le llama habla, y es en este plano del sistema-habla donde ocurren cotidianamente los procesos de comunicación, orales o escritos. Así, lenguaje, lengua y habla son tres conceptos lingüísticos diferentes.

El lenguaje, en tanto capacidad humana, es la potencialidad de emitir sonidos articulados que han sido codificados en un sistema-lengua.

Un problema no superado hasta ahora es que los cursos tradicionales de redacción suelen enfocarse en el sistema-lengua, con toda su carga de gramática normativa y descriptiva, por lo que son rechazados por el alumno, dada su experiencia de haber cursado año tras año, en cada grado, los mismos contenidos morfosintácticos recurrentemente repetidos. Los estudiantes concluyen la enseñanza media saturados de estructuras y de conceptos lingüísticos y empiezan su vida universitaria deseando no tener jamás que volver a dividir una palabra en sílabas, subrayar un sintagma ni demostrarle al profesor cómo se escribe una oración subordinada u otra yuxtapuesta. No quieren ser de nuevo torturados con una cadena de categorías inservibles para los no especialistas, cuya finalidad educativa —obligada por una concepción curricular inadecuada— se empeña en producir “gramáticos”, en vez de formar comunicadores eficientes. Los estudios de lingüística (gramática incluida) deben reservarse para las carreras universitarias de educación en letras y humanidades, a modo de necesario completamiento cultural para esas especialidades puntuales.

No olvidemos que el ser humano, en su etapa de desarrollo infantil, primero aprende a comunicarse y después, en los años iniciales de escolarización, es que aprende las reglas básicas de uso gramatical de su idioma materno. Por otro lado, es fácil constatar que analfabetos adultos logran comunicarse de manera oral con sus congéneres porque interpretan ideas y les dan sentido. Esto pone de relieve el hecho de que el empeño curricular en formar “gramáticos” no ha sido ni será efectivo mientras continúe fundado en el sistema-lengua.

“Los estudios de lingüística (gramática incluida) deben reservarse para las carreras universitarias de educación en letras y humanidades”.

Ello no significa que dejemos de explicar las reglas y los principios elementales de uso correcto de nuestro idioma, en lo oral y en lo escrito, sino que no focalicemos la docencia más allá de ellos, porque, a menos que ya se tenga cierta cultura lingüística, durante la redacción del borrador nadie piensa en normativa gramatical, sino en las ideas que se desea exponer. Es a posteriori, en la fase de revisión del borrador escrito, cuando se toman en cuenta ciertos aspectos gramaticales básicos que hay que cuidar, como por ejemplo la concordancia de género y número y de número y persona en las oraciones; el uso de mayúscula en nombres propios y al inicio de párrafos; el empleo correcto de los signos de puntuación y de la colocación de tildes en las palabras que ortográficamente lo requieren. El hábito de lectura contribuye a fijar estos principios gramaticales, a ampliar el vocabulario, a mejorar la ortografía y la coherencia al redactar.

Es preferible entonces entrenar en la redacción de textos enfocándonos en el sistema-habla, mediante el manejo de la información, lo que repercutirá en mayor eficiencia en la lectoescritura e interpretación, porque para redactar acerca de un tema es obligatorio leer lo que otros autores han publicado sobre dicho tema. Solo así una persona puede formarse sus ideas propias y estar en condiciones de exponerlas por escrito con una secuencia lógica. Para ello es conveniente una estrategia basada en la pragmática, con énfasis en lo semántico-comunicacional, que ofrece un enfoque más próximo a la realidad cotidiana de los hablantes. Según la definición de la Real Academia Española (RAE), pragmática es la “disciplina que estudia el lenguaje en su relación con los usuarios y las circunstancias de la comunicación”.

“El hábito de lectura contribuye a fijar los principios gramaticales, a ampliar el vocabulario, mejorar la ortografía y la coherencia al redactar”.

Desde esa perspectiva el proceso de redacción de textos entrena al alumno en fijarse en el significado de la totalidad de cada idea comunicada y no en la estructura morfosintáctica de ellas. Es decir, a los participantes en el aula se les muestran los precisores informativos de un mensaje, no la función gramatical de las partes constitutivas del mismo; a la vez, se les hace notar que en cada idea-información transmitida hay una intencionalidad comunicativa del emisor. Así, para entrenar a los estudiantes en “el manejo de la información”, se asume al enunciado (entiéndase una oración gramatical simple o compuesta) como la unidad mínima de pensamiento comunicado que, al transmitir una idea-información terminada, provoca siempre una respuesta cognitiva en el receptor (la interpretación y dotación de sentido que se produce en este).

Desde esa estrategia cada clase suele convertirse en un taller de lectoescritura donde los estudiantes “viven participando” en el proceso creativo de un texto y despliegan todo el conocimiento previo que posean acerca de un tema; de esa manera aprenden a contextualizar la comunicación para precisar significados.

Por esta vía se estimula el hábito de leer e interpretar; se familiariza al alumnado con el manejo de la información documental y se construye un canal cognitivo desde el cual formaremos, a partir de edades tempranas, individuos con mejores capacidades de razonamiento crítico, propiciándoles la calidad intelectual necesaria para la comprensión de otras materias, porque al fin y al cabo todo conocimiento se recibe y se transmite a través del habla oral o escrita.

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