Era el 2 de febrero de 1514 cuando se fundó en esta isla caimán la Villa Santa María del Puerto del Príncipe por órdenes del conquistador español Diego Velásquez.
Su figura indescifrable como un laberinto y sus auténticas plazas y plazuelas pronto llamaron la atención de los visitantes quienes, según cuenta la leyenda, quedaban convidados a regresar al lugar.
Las grandes llanuras y cálidas playas no constituían los únicos tesoros del oriental terruño.
Esta suave comarca de pastores y sombreros, como le llamara uno de sus más ilustres hijos, Nicolás Guillén, pronto llenó sus calles de leyendas y tradiciones.
Por España luego fue renombrada Puerto Príncipe y años más tarde los cubanos la llamaron Camagüey, en honor al cacique Camagüebax, quien en los tiempos de Hatuey era el jefe de la zona.
La actual capital camagüeyana guarda en su historia disímiles glorias, desde un Agramante con alma de beso hasta una sublime poesía Avellaneda.
El clima seco y el buen ingenio de sus moradores, la designaron para la posteridad como Ciudad de los Tinajones, y convirtieron sus tinas en uno de sus más conocidos emblemas.
Camagüey, posee en el país el mayor centro histórico urbano, declarado en el 2008 Patrimonio de la Humanidad.
Y hoy, cumplidos ya sus 498 aniversarios, esa ciudad agramontina se viste aún con sus viejas ropas y algunas nuevas, para encarar al tiempo con una sonrisa espléndida y regalarle al mundo tan buenos hijos como los de años atrás.