Oct, 2020.- Puede que físicamente los recuerdos de mi tatarabuelo Alberto no sean tan nítidos. Pero, si un detalle no olvido era su uso peculiar del idioma, que por momentos, me parecía fuera de tiempo.

No era un hombre de elevada instrucción, al contrario, trabajó desde niño y solo culminó los primeros años escolares.

Podría esperarse una expresión poco cultivada, pero nada más lejos de la realidad.

Su hablar era cuidadoso y llamaba la atención el respeto al referirse a los otros.

Según la historiografía, ya desde el siglo XIII era obligatorio, cuando se escribía a alguna persona de la nobleza, referirse a esta como "De origen noble".

Con el tiempo comenzó a resultar molesta esa apelación, y se celebró un concurso para acordar una forma más sucinta, pero de similar respeto y distinción.

Tras muchas sesiones fue aceptada la palabra Don, formada por la letra inicial de cada una de las palabras del distintivo "De origen noble".

Cuentan los cronistas de esta otrora villa de San Fernando de Nuevitas que también aquí se usaba el Don para nombrar a los más ilustres personajes de la vida citadina.

Mucho se empleó en esta ribera al anteceder nombres de manera protocolar, como una muestra de respeto, cortesía y distinción social. Ya desde la segunda década del siglo XX comenzó a generalizarse el uso de "Señor", aunque muchos lugareños no olvidaron el antiguo tratamiento de los nobles.

Pasados los años, el nuestro, como todos los idiomas vivos, se ha enriquecido y transformado.

Nuevitas, incluso, ha pintado de mar la lengua que hablamos con una jerga costera que nos tipifica.

Se trata de una idiosincrasia idiomática que toca preservar, locuciones que anidan en el devenir como pueblo, encantan sus orígenes y dan colorido a la vida.

Y estoy seguro de que en esa tradición oral nuevitera hay mucho del respeto al habla que profesó Don Alberto.

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