Jun, 2020.- Cuando Gabino Anselmo Pérez, entonces jefe de Recursos Humanos del Combinado Pesquero e Industrial de Santa Cruz del Sur, me incluía en el despacho para mis salidas a las zonas de pesca en el archipiélago Jardines de la Reina era consciente que se lograrían dos objetivos: la cobertura periodística y el refuerzo a las tripulaciones.

Enrolarme como un tripulante más constituía un proceder de toda mi vida, mucho antes de dedicarme profesionalmente a lo que Gabriel García Márquez consideró el mejor oficio del mundo. Una enseñanza que aprendí en mi formación como especialista en el cultivo de la esponja en la escuela de Pesca de La Habana del Este y en mi niñez.

No me agrada en nada estar cruzado de brazos mientras  esos hombres curtidos por el sol, el salitre y la humedad están enfrascados en sus faenas en las duras madrugadas. Los apoyaba en la selección de los camarones por tallas. Las demás especies también se aprovechan para la fabricación de harina de pescado.

Precisamente las coberturas a la Flota Camaronera del sur de Camagüey eran las más agotadoras y complejas, las de mayor desgaste físico y en medio de los movimientos bruscos de la embarcación provocados por fuertes olas que pueden provocar mareos a quien no este acostumbrando a cabalgar entre las olas.

Cuatro lanzas en cada anoche para capturar la especie, entre un buchito de café claro en cada subida de los chinchorros y las conversaciones con el timonel de guardia. Café claro para que pueda rendir la asignación de ese aromático grano  que se entrega para la campaña en alta mar.

En tiempo de vientos fuertes se hace difícil el arrastre para las embarcaciones camaroneras. El brusco movimiento que produce el oleaje sacude la nave constantemente. A decir de José Martí: “Del barco domador bajo la hendente quilla, y como fantástico demonio de un manto negro colosal tapado, encorvase a los vientos de la noche ante el sublime vencedor que pasa: y a la luz de los astros, encerrada en globos de cristales, sobre el puente”.

En invierno cada lance se hace más fatigoso, sin bostezarle al sueño ni a las horas, desafiando las olas  que mecen a su antojo la sólida armazón  y la humedad fría que cala el cuerpo de estos hombres.

Todos están sobre la cubierta. El patrón es el primero en sujetar el jamo y halar el cabo para que su contenido caiga rápidamente en la cubierta. Jamo repleto de disímiles especies, la mayoría camarones, mientras que el güinchero regresa la red al mar. Cada quien sabe qué debe hacer: los  peces brincando en la cubierta.

De los cinco tripulantes solo queda el timonel que sigue conduciendo el barco que navega en círculos arrastrando los tangones con sus vigorosas cadenas que van removiendo el fondo, brazos metálicos que obran a cada lado del barco y un chinchorro a babor y otro a estribor, al igual que las tablas que pesan casi media tonelada cada una y son un par por cada red. La maniobra es peligrosa.

Los pescadores camaroneros velan las noches. Al esconderse el Sol se calan los chinchorros y al amanecer, en el momento en que el astro Rey comienza a calentar las aguas del mar abierto y tropical del Caribe, completan sus faenas, es cuando llegan las enviadas (medios de enlace entre la flota y el puerto) que vienen en busca de la captura fresca y de alta calidad de la jornada.

A veces, por roturas de las embarcaciones los hombres del camarón se ven precisados a retornar a puerto y, pescadores y trabajadores del mantenimiento se funden en largas jornadas para que la unidad nuevamente abra sus brazos en la brava marea.

A esa preocupación por regresar a la mar se une la decisión voluntaria de muchas tripulaciones de permanecer en zona de pesca en tiempo en que le corresponde el descanso en tierra, para de esa forma recuperar los lances perdidos en duras faenas en las aguas del Golfo de Guacanayabo.

Por ello vale recordar el sabio concepto: En la batalla de la vida, no siempre gana el más fuerte, el más preparado o hábil, tarde o temprano, el ganador es siempre el hombre que cree poder hacerlo y que persiste.

En cada atardecer estos hombres que velan la noche comienzan a calar los chinchorros en busca de un tesoro: el camarón. Ellos viven más en la mar que en tierra firme. Transcurren sus vidas, entre el salitre, la arena y el arrastre bajo la luna.

Como plasma Pindingo Pereira en su Canción del Camaronero: Tantas noches de trabajo/ compensarán tus fatigas/ cuando al agua tu le digas/ tu bendición por que trajo/ a tus redes sus espigas. / Le canto camaronero, a tu perfil de agua y duna, / sabes vestirte de luna / y con clavel de lucero/ te miras en la laguna.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar